Un pobre empate ante Platense que sonó a final de ciclo

La gente de Boca Juniors se fue de la La Bombonera en silencio. No fue un silencio cualquiera: fue bronca, impotencia y hastío. Porque Boca no jugó mal. Peor: no jugó a nada.
Hay algo más grave que equivocarse o perder partidos: no transmitir absolutamente nada. Boca fue eso durante los más de 90 minutos ante Platense. Ninguna idea, ningún mensaje, ningún indicio de reacción. Ni desde adentro hacia afuera, ni siquiera con el empuje constante del “dale Boca” desde las tribunas.
El 0-0 es engañoso. Boca hizo todo lo posible para perder el partido y no lo perdió solo porque enfrente tuvo a un Platense inofensivo, incapaz de capitalizar errores groseros, desorden defensivo y fallas infantiles en la salida. Si este rival hubiese tenido algo más de jerarquía, el resultado habría sido otro.
Un equipo desarmado y sin alma
El dibujo fue un 4-3-3 sin lógica ni intérpretes. Un sistema que exige extremos punzantes terminó dependiendo de Ángel Romero y Janson, una combinación que estaba condenada al fracaso antes de empezar. No hubo amplitud, no hubo desborde, no hubo sorpresa.
En el medio, Williams Alarcón fue la personificación de la tibieza. Intrascendente, invisible, inexplicable su presencia en lugar de Delgado. Boca perdió dinámica, carácter y conducción. Y cuando el equipo necesitó rebeldía, no apareció nadie.
La defensa tampoco dio garantías. La dupla central, Di Lollo y Ayrton Costa, mostró una versión desconocida: erráticos, inseguros y sin salida clara. Boca regaló pelotas como si estuviera entrenando.
Cambios que no cambiaron nada
Los movimientos desde el banco no modificaron el escenario. El ingreso de Cavani volvió a dejar una certeza incómoda: hoy no está para jugar. Offside permanente, sin ritmo y con una chance desperdiciada. Lo físico manda, y cuando no alcanza, no hay jerarquía que tape eso.
Leandro Paredes, el mejor futbolista del plantel, está lesionado. Y un jugador lesionado no puede jugar, por más apellido, liderazgo o buena intención que tenga. Forzarlo es romantizar el error.
Los únicos que dejaron una mínima sensación positiva fueron los pibes: Aranda y Gelini. No por soluciones, sino por actitud. La chance más clara de Boca fue un cabezazo de Gelini tras un centro de Lautaro Blanco, otro de los pocos que mostró enojo y algo de empuje.
El técnico y una decisión inevitable
Este partido tuvo olor a fin de ciclo. El ciclo de Claudio Úbeda está agotado. No hay reacción, no hay variantes, no hay señales de reversión. Boca no mejora, retrocede.
Y acá aparece la responsabilidad mayor: Juan Román Riquelme. Sostener lo insostenible es pegarse tiros en los pies. El tiempo ya no juega a favor.
El próximo viernes Boca recibe a Racing Club. Es un clásico. Racing no va a perdonar lo que perdonó Platense. Y Boca, jugando así, está mucho más cerca de perder que de reaccionar.
Peor que esto no se puede jugar.
Pero sí se puede perder.
Y eso, en la Bombonera y en un clásico, sería imperdonable.
El barco está a la deriva. Todavía flota.
Pero si no se cambia el rumbo ya, el hundimiento es cuestión de tiempo.
Síntesis
Boca: Agustín Marchesin; Juan Barinaga, Lautaro Di Lollo, Ayrton Costa, Lautaro Blanco; Santiago Ascacibar, Leandro Paredes, Williams Alarcón; Ángel Romero, Miguel Merentiel, Lucas Janson. DT: Claudio Úbeda.
Platense: Matías Borgogno; Juan Saborido, Ignacio Vázquez, Eugenio Raggio, Tomás Silva; Felipe Bussio, Maximiliano Amarfil; Guido Mainero, Juan Gauto, Franco Zapiola; Leonardo Heredia. DT: Walter Zunino.
Cambios en el segundo tiempo: 15m. Tomás Aranda por Lucas Janson (B); Martín Barrios por Maximiliano Amarfil (P) y Tomás Nasif por Leonardo Heredia (B); 20m. Edinson Cavani por Miguel Merentiel (B), Marcelo Weigandt por Juan Barinaga (B) y Gonzalo Gelini por Ángel Romero (B); 33m. Santiago Dalmasso por Franco Zapiola (P) y Kevin Retamar por Guido Mainero (P); 39m. Milton Delgado por Leandro Paredes (B) y 41m. Agustín Lagos por Juan Gauto (P).
Árbitro: Sebastián Zunino.
VAR: Jorge Baliño.






