De Hércules a Zeus: la Odisea Argentina

Para entender a Messi y su paso ganador por la Selección, tenemos que conocer un poco de la historia reciente del fútbol argentino y algo de mitología griega.

 

A Maradona, hasta hace poco tiempo, lo considerábamos el D10s del fútbol; pero con la supremacía absoluta de Lionel, fuimos entendiendo mejor los hechos.

 

Diego fue y será, porque es eterno, un semidiós: mitad divinidad, mitad humano. Y dentro de la mitología, es Hércules: un peleador dentro y fuera de la cancha, con y contra todos, desde los mortales periodistas, a puro balín, hasta reyes, papas o quien se presentara por delante.

 

Pero su lado humano, llevado a la máxima imperfección, se transformaba en su contacto con la pelota, donde el dios desplazaba sus impurezas mediante esa magia infinita.

 

Sus batallas quedarán como gestas épicas en la retina de todos los mortales, de todos aquellos que lo sentimos parte de cada uno de nosotros cuando se activaba con la pelota, y que sufrimos su humanidad fuera de un campo de juego.

 

Messi es Zeus, el dios del Olimpo del fútbol, iluminado desde sus comienzos por los reflectores cercanos de Atenas, que lo marcaron como el supremo.

 

Pero toda su gloria europea no se podía reflejar en aquellas tierras sureñas y lejanas, fervientes de pasión y ansiosas de éxito; esa ansiedad que a veces agobia. Pero, ¿cómo agobiar a un dios?

 

¿Cómo agobiar a Zeus, aquel que combatía la soberbia, aquel que anteponía la moralidad por sobre todas las cosas?

 

La conducta correcta lo alejaba de los mortales, que le gritaban «¡oíd!» tan fuerte que lo hacían estremecer, y lo sometían a su propia impotencia.

 

Hasta que encontró en el Olimpo mismo la solución: debía pensar como un semidiós y, como en todos los órdenes de la vida, tener buenos lugartenientes y obreros de batalla, y, por sobre todas las cosas, alguien que leyera correctamente el plan de batalla.

 

Ahí apareció, en 2021, un lugar mitológico llamado Maracaná.

 

Allí, Aquiles convertido en Di María, tras un pase del protector Hermes convertido en De Paul, rompieron el muro, y Troya —Brasil— cayó a sus pies.

 

Zeus Messi se arrodilló a disfrutar el triunfo, mientras sus laderos estaban más satisfechos por el triunfo de «su» dios que por el triunfo propio.

 

De ahí en más, entendió que para hacer felices a los mortales argentinos debía bajar al pueblo, aprender de sus errores, de sus miserias, de sus crisis, aprender a rebelarse, a insultar, a exponer su fuerza y su poder, como alguna vez lo había hecho Hércules (Maradona).

 

Y los triunfos se hilaron unos con otros.

 

Siempre bajo la lectura de Homero (Scaloni), que, lejos de las luces y casi imperceptible, ensambló algo impensado: la unión de dioses y semidioses para la gloria eterna de un pueblo ávido de triunfos.

 

Hoy, Lionel Zeus Messi plantea su vuelta al Olimpo y nos deja un gran vacío. Todos los mortales futboleros lo dejaremos dentro de nuestros corazones como el máximo exponente que hemos visto. Hércules debe estar orgulloso de lo que vio y pudo festejar.

 

Ahora queda en cada uno de los que leen este texto esperar, sentados en las escalinatas del Partenón, la aparición de un nuevo semidiós que la historia nos depare, para aprender cómo se hace feliz a un pueblo.

Ruben Mingroni

La medicina y Boca Juniors son mis dos pasiones. Papa x 2. Columnista de medicina en Cadena Xeneize.

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