LA EXIGENCIA DEL AMOR

Conmovido hasta las lágrimas y ovacionado por miles de hinchas en La Bombonera, Leandro Paredes selló su regreso a Boca Juniors tras más de una década en Europa. Desde San Justo hasta París, Roma y Qatar, el campeón del mundo vuelve al club que lo vio nacer, impulsado por el amor, la identidad y la necesidad de cerrar el círculo.

Una tarde en la que el cielo se entristeció, porque ese pibe con cara de muy nene se iba a hacer la Europa.

El Lea de San Justo, el heredero de Román, el crack que demostró en no más de 30 partidos que no solo se llevaba el fútbol, sino también el ADN Xeneize. Así pasó de gambetas y remates a quites con garra y pases matemáticos.

Creció en demasía como hombre, formando una familia con su amada de toda la vida, Camila. Se volvió elegante en París, donde pasó del jean rústico a la ropa de diseño. Se rodeó de estrellas, de esas que se perfuman hasta para entrenar. El glamour lo alejaba del querido potrero, que él llevaba innato.

Antes, se había hecho rudo en Rusia, entre el frío extremo y la soledad de la distancia. Eso lo hizo más y más fuerte, hasta que todos los caminos lo llevaron a Roma, la ciudad eterna, donde se convirtió en un guerrero de mil batallas.

Allí se fue acercando a la pasión romana, más cercana a nuestras raíces. Y ese gladiador romano con sangre criolla emergió desde el mediocampo de la celeste y blanca, nos dio la Copa del Mundo y gritó bicampeón de América. Todo eso lo alegró, pero en su interior algo le faltaba. Existían miedos que en las noches le daban malos consejos: “¿Y a mí quién me va a recibir si me fui de tan pibe?”.

Hasta que un día, con la venia familiar —y un padre bostero de ley de por medio—, decidió pegar la vuelta. Y ahí, las sensaciones fueron más fuertes:
«¿En serio van a abrir la cancha para verme?»
No solo lo pensó en voz baja: se lo transmitió al máximo ídolo del club.

El día llegó. La tarde se rindió ante la pasión Xeneize y el sol iluminó el templo. La Bombonera se llenó de locos corriendo por las calles de La Boca, para cumplirle el sueño al pibe.

El movimiento más grande de América se dio cita un día laboral a las cinco de la tarde. Esos que nunca defraudan. Las calles de La Boca, aquellas que pintaba Quinquela, se inundaban de colores azules y amarillos.

El canto se sostenía en el tiempo, con una fuerza que traspasaba las paredes hasta llegar a la sala de conferencia, haciéndole sentir que nunca más iba a estar solo.

Boca es familia, afuera, dentro del estadio o en esa familia que se reunió en el túnel, apareciendo en el patio de la casa de Román, que por tres años le alquilará para que haga de las suyas, con su juego.

Ni la Copa del Mundo conmovió tanto a este guerrero, cuyas lágrimas se sumaron a las de quienes llenaron La Bombonera desde horas tempranas. Reflectores se sumaban a las luces de los celulares, y cánticos pidiendo un campeonato de su mano.

Esperemos que esa emoción, esa alegría y esa gratitud se conviertan en vehículos de un futuro positivo para el club.


“La exigencia del amor nos proyecte al éxito”

Que la exigencia del amor, construida desde la unión, cree una fuerza difícil de vencer y nos proyecte hacia el éxito. Hoy tenemos un gladiador y, detrás de él, nos sumaremos millones de bosteros tras un mismo propósito: seguir haciendo grande a Boca Juniors, el único, el que demuestra día a día por qué es admirado en cualquier parte del planeta.

Bienvenido, Lea.

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Ruben Mingroni

La medicina y Boca Juniors son mis dos pasiones. Papa x 2. Columnista de medicina en Cadena Xeneize.

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