Un canto que era himno y juraba que los goles de Graciani estaban por venir

Antes que nada me veo en la obligación ética y moral de aclarar que no soy objetivo a la hora de hablar de Alfredo Oscar Graciani. En mi caso, su nombre es sinónimo de felicidad absoluta. Digo esto con la autoridad de haber disfrutado en plena infancia y adolescencia de su paso por Boca. Una edad temprana donde uno está formando la personalidad y necesita imperiosamente referentes que te marquen el camino pero que también desborden, tiren diagonales y rompan redes de arcos contrarios. Si no la vida no tendría sentido.

Fueron tantos los momentos de alegría por obra y gracia del Murciélago que una tarde de 1989 tomé el toro por las astas, agarré mi camiseta de Boca y me apersoné en una casa de deportes de la calle Bernardo de Irigoyen casi Garay, barrio de Constitución, para estamparle el número siete en la espalda. Basta de tibiezas dije. Era lo mínimo que podía hacer para devolverle lo hecho una semana antes en cancha de Vélez cuando giró sobre si mismo y noqueó al Tiburón Serrizuela, defensor riverplatense que intentaba tímidamente camisetearlo. Fue un golpe preciso, rápido y de una firmeza maravillosa. La misma firmeza que demostraba Alfredo frente a marcadores de punta ásperos que le daban duro y parejo cada domingo. Me refiero a nenes de la talla de Malvárez, Coco Reinoso, Olarán, el cabezón Dopazo y tantos otros. Incluso sus duelos con el Colorado Mac Allister antes de su llegada a Boca eran para alquilar balcones. No descubro nada entonces si digo que había que ser muy guapo para encarar una y mil veces al Loco Enrique o a Montenegro con quien se fajó toda una noche en un cero a cero contra Talleres en Liniers.

El repertorio de Graciani era completísimo a la hora de doblegar arqueros. Hay conquistas de pelota parada a Scoponi en la final de la Liguilla 1986 con un tiro libre al ángulo, hay cabezazos de pique al suelo al Pato Fillol en un Boca – Racing en la Bombonera, goles de derecha obviamente, y también goles de zurda con cara externa a Docabo en un partido contra San Lorenzo. Gesto técnico espectacular que grité con alma y vida pero que siempre me dibuja una mueca de profunda tristeza porque en medio de aquella avalancha sin control perdí un gorrito piluso que llevaba a todos lados. La vida te da y te quita al mismo tiempo.

Sus recursos también incluían apariciones fantasmales como por ejemplo una tarde contra Rosario Central que había errado un penal en el primer tiempo sobre el arco de Casa Amarilla así que en el segundo se desquitó y dio vuelta el partido con dos goles. Uno de ellos festejado colgándose del alambrado, su marca registrada a la hora de celebrar, ya sea de local o de visitante en canchas de Ferro, Huracán, Newell´s o Vélez. Pero es justo reconocer que no tenía problemas en adaptarse según las circunstancias. Por eso en la cancha de River, que no cuenta con alambrado para treparse, Alfredo se limitaba a saltar los carteles de publicidad y quedarse parado en la pista de atletismo a puño cerrado. Nada que pudiera ser tomado a mal a menos que te llames Ricardo Calabria y decidas expulsar a Graciani en el superclásico de 1988 por hacer un gol y festejarlo. Un gol en donde la pelota entró picando despacio en cámara lenta mientras toda la Centenario y la platea Belgrano se venían abajo en el festejo. Y mientras Menotti sufría en el banco de suplentes local.

En ese mismo estadio un par de años antes, pero ante San Lorenzo, Graciani ya había marcado un tiro libre imposible casi desde el córner. Un gran gol que terminó con Chilavert enredado dentro del arco y con Boca llevándose un triunfo clave para clasificar a la final de la Liguilla. Porque Alfredo tenía eso. Aparecer cuando las papas quemaban.

Seguir enumerando goles del Alfil, otro de sus apodos, sería interminable. Pero tampoco es cuestión de pasar por alto una emboquillada preciosa bajo la lluvia al Corinthians en el Morumbí. Partido revancha de los octavos de final de la Copa Libertadores 1991 que terminó clasificando a Boca de manera clara y contundente. Con mucha autoridad.

Llegado desde Atlanta en 1985 y a priori para jugar como volante, pasó por todos los puestos de la delantera hasta encontrar su lugar en el mundo. La punta derecha del ataque xeneize. Desde allí también se hizo unos minutos para lanzar buenos centros para la Chancha Rinaldi, Walter Perazzo, el Coya Gutiérrez, Batistuta o todo aquel que hiciera las veces de centrodelantero. Por caso, un joven Walter Pico que hizo sus primeras armas como nueve.

Antes de irse al Lugano de Suiza se me rompió el corazón en mil pedazos el martes 9 de julio de 1991 cuando erró el primer penal de la serie contra Newell´s. Partido final que era la gran chance de terminar los diez años sin títulos a nivel local. Alfredo ya había salido campeón de la Supercopa y de la Recopa pero su gran obsesión, como la de todos, era dar una vuelta olímpica casera. Cosa que no pudo ser. Su penal atajado por el Gringo Scoponi fue el principio del fin aquella lluviosa tarde. El regreso cabizbajo a la mitad de cancha, lleno de barro y dolor, fue acompañado por los aplausos de una Bombonera repleta que, aún en estado de emoción violenta, lograba actuar con lucidez y ponía en la balanza todo lo que el gran Alfredo le había dado a Boca. Que era mucho.

Tras su excursión por Europa y un fugaz paso por Racing, Graciani tuvo su segundo ciclo en el club. Breve, ya sin las tardes de gloria de años atrás, pero con la misma guapeza de siempre para defender la camiseta azul y oro. Será por eso que su presencia era acompañada una y otra vez por un cántico que mantenía intacta la esperanza. Un canto que era himno y juraba que sus goles estaban por venir.

 

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