Acerca de liderazgos futbolísticos y espirituales

Reconozco que me sumé al aplauso generalizado con muchísima ilusión. Alguien podrá decir que era tirarse a una pileta con los ojos cerrados y puede ser que tenga razón. Pero a esa altura de los acontecimientos la desesperación obligaba a aferrarse a lo que venga. Y lo que venía, proveniente del fútbol francés, era Alberto José Márcico. En mi vida había visto un partido del Toulouse pero no me quedó más remedio que creer lo que se rumoreaba: llegaba a Boca alguien para sacarlo campeón, sin medias tintas. Un tipo que iba a cortar la sequía de once años sin títulos locales. Esa mochila de plomo se le puso al Beto desde aquella noche del viernes 13 de marzo de 1992 cuando fue presentado por la voz del estadio de la Bombonera en el medio de un partido contra Argentinos Juniors.
Confirmada la operación, pasaron los días y trascendieron algunos detalles que me conquistaron para siempre. El Beto había rechazado un cheque en blanco de la comisión directiva del Toulouse para ser manager. Pero no solo eso. Ni bien pisó Ezeiza dijo que decidió cruzar el océano Atlántico con toda su familia para cumplir el sueño de ponerse la camiseta de Boca y dar una vuelta olímpica. Estoy seguro que fuimos millones los que nos subimos a ese tren aquel día. Un tren que estuvo a punto de descarrilar pero que llegaría sano, salvo y lleno de felicidad a la última estación.
Líder espiritual indiscutido desde el día uno, el Beto llegaba a un plantel con apellidos de peso: Navarro Montoya, Simón, Cabañas, Giunta y Latorre, por nombrar algunos. Pero, un detalle no menor, el líder futbolístico era Diego Latorre. Las comparaciones podrán ser odiosas pero a veces son necesarias. Márcico tuvo las condiciones necesarias, con la pelota en los pies y sin ella, para poner sobre sus hombros toda la presión que soportaba el equipo del Maestro Tabárez en aquel momento.
Su debut contra Platense el domingo 29 de marzo tuvo todos los condimentos de un partido homenaje, pero en este caso, para alguien que todavía no había debutado. Su salida al campo de juego fue majestuosa pero claro, llegaba la hora de la verdad. Y la realidad superó cualquier expectativa optimista. Bastó que tocara dos pelotas y tirara un taco que dejó a Saturno mano a mano contra Serrano para que toda la ilusión empezara a materializarse. La Larva pateó, la pelota pegó en la parte exterior de la red y Latorre le gesticuló de mala manera no tirar el pase al medio. Gestos que eran moneda corriente hasta aquel momento en el que intercedió Márcico en favor de Saturno para calmar los ánimos. Fue una clara señal de los tiempos que venían. Era evidente que algo ya había cambiado.

Como detalle anecdótico vale la pena recordar que en el medio de aquel Clausura 92 del que ya había transcurrido una buena parte cuando llegó el Beto, se ganó la Copa Master. Trofeo continental que disputaron los cuatro campeones de la Supercopa en la cancha de Vélez. Así fue que Boca, tras eliminar a Olimpia, le ganó a Cruzeiro la final y levantó aquel premio consuelo. La obsesión por supuesto seguía siendo ganar un campeonato local. Conquista que nuevamente se iba a pelear hasta las últimas fechas pero se llevaría el Ñuls de Bielsa. Una nueva decepción pegaba duro pero no todas eran malas. Se iba Latorre a yirar por el fútbol europeo y terminaba el doble comando. Quedaba Alberto José Márcico como amo y señor de los destinos futbolísticos de Boca. Lo mejor estaba por venir.
No voy a entrar en detalles acerca del Apertura 92 ni de lo que significó realmente ganar ese torneo. Solo me voy a limitar a decir que el Beto jugó diez fechas desgarrado. Cada partido era un suplicio y los doctores le aconsejaban sistemáticamente parar los famosos veintiún días. Pero no hubo manera. Entendiendo lo que estaba en juego, Márcico se calzó una muslera en su pierna derecha y dio aquella pelea a todo o nada. Queda la imagen contra Platense en cancha de Independiente donde ya ingresó rengueando al campo de juego. Su salida hubiera sido un drama desde lo futbolístico, obviamente, pero mucho peor desde lo anímico. Así y todo con Márcico como bandera, averiada pero bandera al fin, le costó horrores a aquel Boca las últimas fechas y llegó con la nafta justa a la tarde consagratoria contra San Martín de Tucumán. Partido que será recordado toda la vida por los interminables festejos de un pueblo hambriento de títulos. Y ahí estuvo el Beto junto a los hinchas trepándose al alambrado de Casa Amarilla y tirándolo abajo. Todo un símbolo del desborde absoluto que fue aquel soñado 20 de diciembre de 1992.

Su figura a partir de esa tarde creció exponencialmente y eso trajo consecuencias puertas adentro del vestuario. Estoy convencido que hubo compañeros que no pudieron tolerar que un recién llegado se robara todos los flashes y sea siempre la primera ovación en cada estadio donde jugara Boca. El ser humano es débil, tiene miserias y egos difíciles de manejar a veces. Así creció a fuego lento la chispa inicial del conflicto bautizado halcones vs palomas. Por si todavía no se notó, quien escribe estas líneas es un halcón del Beto desde la primera hora.
Hay una pila de estadísticas que le sumarían mucho al jugador nacido en Corrientes pero mudado a Brandsen 1737 a los tres meses de vida. Hay goles a River en Mendoza y en el gallinero, hay un gol de cabeza a Barcelona en España y otro a Central en Arroyito, gritado con alma y vida porque Boca tenía un jugador menos y el partido ya se terminaba. Pero tal vez la tarde que mejor simbolice todo lo que Márcico le dio al club sea la del 5 de mayo de 1996. Con la camiseta de Gimnasia marcaba el quinto gol de una paliza histórica y pudiendo ir a gritárselo en la cara a Bilardo, director técnico que facilitó su salida, prefirió agachar la cabeza a modo de disculpas. Un gesto enorme. Momento donde la Bombonera se rindió una vez más a sus pies y le dedicó una nueva y merecida ovación.



