Una orquesta desafinada que nunca bajaba los brazos

El recuerdo de un mítico partido que marcó a toda una generación: el Peñarol 1- Boca 2 , de la Libertadores 1986.

Salió el bochazo largo desde el campo de Boca, casi más como un despeje que como una contra previamente planificada. La pelota picó una vez y, recostado sobre la izquierda, Gustavo Torres la bajó. Era tan improbable que pasara lo que iba a pasar, que hasta imagino en ese instante cientos de charrúas frente a sus televisores sacando los ojos del partido para cebarse un mate. O incluso ir a recargar algún termo porque ya iban veinticinco minutos del segundo tiempo. Y no los culpo. Nada hacía prever ni nadie podía sospechar que el mundo estuviera por detenerse.

Torres domó esa pelota rodeado de pozos y encaró como si nada. Como si tuviera claro lo que iba a hacer. Y entonces ahí fue que el mundo se detuvo. Dejó tirados en el piso a dos jugadores de Peñarol, de esos que si te tenían que amputar una pierna con los dientes para que no llegues al área, lo hacían con mucho gusto. El mundo se detuvo pero no el cronómetro. Lo que cinco segundos antes parecía una utopía, de repente se convirtió en una posibilidad muy concreta. El Tuta entró al área y su tiro de zurda salió medio mordido, pero lo suficientemente cruzado para que Alvez no pueda retener y deje la pelota servida en los pies de Graciani, con el arco vacío. Gol de Boca en el Centenario de Montevideo. Conquista que empezaba a liquidar el duelo por Copa Libertadores aquel jueves 17 de julio de 1986.

Uno ve el video hoy y hay cosas que pasan desapercibido. Estamos entonces ante una enorme injusticia. No solo por la corrida maravillosa del Tuta, que de paso aprovecho y reivindico como una de las corridas más perfectas llevadas a cabo por un ser humano vestido de azul con franja amarilla en el pecho. La injusticia es tan grande que también busca arrastrar al olvido a todo lo que pasó antes y después de ese gol. Un gol que seguramente soñó el Tuta en los baldíos de Merlo cuando era chico.

Quedaban veinte minutos para que termine el partido y Mario Zanabria, el director de aquella orquesta desafinada que era ese Boca, ordenó el cambio. Afuera Tuta Torres, adentro Juan Amador Sánchez. Movimiento de fichas que seguramente buscaba bajar la persiana a una noche de Copa Libertadores perfecta. Acaso, de las que me tocó ver, la noche de Copa Libertadores más perfecta de todas.

Alguien con aires de filósofo dirá que la perfección no existe. Y si esto es verdad, hay que decir entonces que ese partido se le acerca muchísimo. Arrancando por el principio. El momento en que asomó al campo de juego la terna arbitral paraguaya encabezada por el señor Juan Francisco Escobar, garantía inequívoca de localismo (?). Llevaba debajo del brazo una pelota Tango y el inconfundible aroma de inclinar todo lo que haga falta el estadio Centenario. Sus cómplices eran los jueces de línea y una fina capa de niebla que le venía bárbaro para ocultar sus tropelías. Lo que se dice un arranque prometedor.

Empezó a rodar la pelota y llegaron rápidamente las emociones cuando Hrabina vio la roja antes de los quince minutos. Nobleza obliga, el Ruso metió en ese lapso tres patadas descomunales, una más linda que la otra. Pero así como digo una cosa, digo la otra. Los de enfrente estaban revoleando taponazos para todos lados. Con nenes de pecho del calibre de Obdulio Trasante a la cabeza.

La noche terminó de ponerse linda a la media hora cuando al árbitro no le quedó otra que cobrar un penal para Boca. Una gloriosa pared de Tapia con Graciani, terminó con el arquero mundialista uruguayo llevándose puesto al Murciélago y con el Chino haciéndose dueño de la situación, pero envuelto en un dilema. La fácil era patear y hacer el gol, obviamente. Pero a sabiendas que la noche perfecta tenía que estar llena de detalles, Tapia tiró el penal a las manos de Alvez para recién en el rebote poder reventar la red. El grito desaforado dentro del arco y de cara a la tribuna de Boca, pedía terminar el partido ahí mismo. Pero todavía quedaba una vida por jugar.

Y en esa vida que empezó a transcurrir, pasó de todo. Peñarol se vino encima y obligó a una noche mágica de Hugo Orlando Gatti. El Loco empezó a descolgar centros, sacar tiros de media distancia y tapar todo lo que le tiraran. Con un detalle más para sumar: verlo vestido con pantalones largos y con las medias puestas por arriba. Idea que me pareció digna de imitar al día siguiente en la clase de Educación Física pero que no le terminó de cerrar al profesor. Cosas que pasan cuando estás en séptimo grado y te llevás el mundo por delante (?). En mi defensa, tengo que decir que siempre había leído acerca de un mítico partido de Hugo bajo la nieve en Kiev con la selección Argentina. Ahora me tocaba a mi verlo en pantalones largos. Era mi hora, mi momento, y ya le tocaría a las generaciones futuras verlo a Lucchetti en pantalones largos. Todo a su tiempo (?).

Entre atajada y atajada de Gatti, Roberto Pasucci se fue expulsado en el arranque del segundo tiempo por protestar un tremendo penal sobre Tapia que, obviamente, no había chances de ser cobrado. Así quedaba el escenario entonces. Una cancha llena de pozos, una pelota Tango embarrada, un árbitro localista, Gatti con pantalones largos y Boca ganando uno a cero con dos jugadores menos que Peñarol. Momento en donde se detuvo el mundo y el Tuta Torres se vistió de héroe. Traje que se había probado y le quedó perfecto exactamente un mes antes, en la final de la Liguilla contra Newell’s en el Parque Independencia.

El gol del Potrillo Morena a los 31 y cien tiros libres cobrados por el juez hicieron de los últimos minutos un verdadero calvario. Boca se dedicó a patear la pelota lo más lejos posible y confiar en Gatti para aguantar la victoria. Todavía emociona recordar que se terminó en cancha con Higuaín padre, Stafuzza, el Vasco Olarticoechea de tres ya vendido al Nantes y jugándose la gamba en cada cruce, más Juan Amador Sánchez y el uruguayo Krasouski raspando todo lo que pasara cerca. Una orquesta desafinada, es verdad, pero que nunca bajaba los brazos. Una orquesta con músicos que se esforzaban al máximo para tratar de deleitar los sentidos de una tribuna boquense siempre exigente de garra y corazón.

Tras la victoria, tildada unánimemente de epopeya por todos los medios, habló el director de la orquesta, Marito Zanabria: “…esta es una alegría parecida a la del 4-1 contra Newell’s. El equipo está creciendo y es una pena el alejamiento del Vasco, pero nos vamos a arreglar. Krasouski no tiene tanta dinámica como él, pero es ordenado y tiene experiencia. Lo va a sustituir bien, estoy seguro…”. Quedaba claro que ya se lo empezaba a extrañar al Vasco de Saladillo esa misma noche en el vestuario visitante del Centenario.

Los festejos de los jugadores boquenses por la hazaña en Montevideo tuvieron epicentro en el vapor de regreso a la Argentina, hasta que pudo anclar en la Dársena Sud, casi al amanecer del viernes 18 de julio. Desembarco que fue recibido por un gran número de hinchas al grito del que sería uno de los hits del momento:

“Dale Bo, dale Bo, dale Bo…
Dale Boca que no ha pasado nada,
con los huevos del equipo,
con los huevos de la hinchada,
la Copa Libertadores no se va…”.

Una orquesta desafinada que quedó inmortalizada por aquel recital del otro lado del charco. Una orquesta que se tomó un merecido descanso dos días más tarde, el domingo 20 de julio en el cero a cero contra Estudiantes. Pero que de todas maneras estuvo presente en la Bombonera viendo el partido desde la platea, recibiendo el reconocimiento y cariño de la gente. Al fin y al cabo, lo más importante para cualquier músico.

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