Carlitos

Es el fin de una generación. Se despidió de Boca el último héroe que quedaba en cancha de la Era Dorada. El viernes pasado, Carlos Tévez daba una conferencia de prensa que nos dejaba moqueando y lo subía al pedestal de los ídolos que se fueron bajo sus propios términos.

Y hay algo curioso en las despedidas, o mejor dicho en las historias de esas despedidas. Porque muchos las odian y reniegan del vacío que generan en vez de celebrar y agradecer que hayan sucedido. El dolor es tan grande porque igual de grande fue la felicidad. Ese es el punto, esa es la razón.

Cómo no va a valer la pena tener este dolor por su adiós si nos hizo tocar el cielo con las manos. Fue parte de un grupo que nos llevó a la cima del mundo a codearnos con los mejores y volver triunfantes. ¿Entienden eso? ¿Dimensionan los logros de aquella camada de futbolistas? Más aún, ¿comprenden porqué significa un punto final esta despedida?

No hay en el plantel otra figura que pueda llevar su bandera. Tampoco en otra parte del mundo, ya no quedan rastros de jugadores que regresen a conquistar la misma gloria porque él fue el último. Esa despedida de Tévez entre lágrimas significa una conclusión. Y no me parece mal, fue una historia y llegó a su fin. Podremos lamentarnos porque no se dio en una cancha explotada coreando su nombre y hasta suspirar porque no sucedió luego de una consagración; pero el dolor hubiera sido el mismo.

Él decidió quedarse con la foto de la última Superliga, aquella que tenía a Diego en el banco contrario, a su papá en la tribuna y su golazo del campeonato; yo me quedo con sus lágrimas (las del viernes y las de tantas veces que lloró por Boca). Lo sé, parece vulgar hacerlo pero siempre lo sentí genuinamente conmovido. Y en estos tiempos en los que nadie quiere venir al país o los jugadores top confiesan pasiones incomprobables, ya no quedan tipos que rechacen un cheque en blanco en la cúspide de su carrera para vestir nuestros colores. Carlos lo hizo. Llenó un estadio. Se equivocó. Se disculpó. Volvió a ganar y se despidió.

No sé qué lugar tendrá en la inmensa historia de Boca. No tengo claro qué dirán los libros de historia sobre él, pero les aseguro que en los tiempos venideros cuando sea yo un hombre grande recordando jugadores y campeonatos; cuando esté viejo y me consideren un sabio; cuando mi vida se trate de contar historias para las generaciones nuevas, yo diré orgulloso que gritaba su nombre desde la tribuna. Contaré, con el pecho inflado, que el tipo se mordía el escudo después de cada gol y nos hacía delirar en el único estadio del mundo que se mueve. Porque se mueve de verdad, pero nunca nadie lo hizo mover como él.

Gracias por todo Bostero. Gracias por todo Carlos Tévez.

Gaspar Martinez

Socio de Boca y conductor de La Mitad más 104.1

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