El día cero después de Diego

Cuando hablamos de Maradona no sabemos por dónde empezar, pero si tenemos claro que nunca queremos terminar.

Hablar de Fiorito, de Doña Tota, de los faltantes, de la pobreza, del pibe que hacía jueguitos en los entretiempos, o arrancar diciendo que era más conocido que Juan Pablo II en un mundo sin internet o contar que hace días que gran parte del mundo todavía lo sigue llorando. Que sigue siendo tapa en los principales diarios del mundo. Que los homenajes no cesan. Cuánto hay para decir de los Cebollitas, del título con Boca en 1981, desde sus comienzos o de lo que algunos creen que es el fin; pero en realidad no es más que el inicio de otra era: el día cero después de Diego.

Si, ese que salió de un país de tercer mundo donde hoy la mitad de los pibes nacen pobres. Ahí apareció un morocho, petizo, que comía una vez al día, que estaba condenado a vivir lo que viven quienes nacen ahí, pero llegó a la cima de lo inalcanzable, al Olimpo de los Dioses.

Déjenme decirles algo a ellos que creen que Diego Armando Maradona fue solo un jugador de fútbol. Con todo respeto, no entendieron quién fue el Pelusa. Aun siendo, por escándalo, el mejor jugador de todos los tiempos, fue mucho más que eso. Fue la cara de los sin jeta, fue la voz de los sin voz, fue un grano de pus a los poderes que enfrentó, fue un diamante en bruto para quienes lo usaron o explotaron, fue un salvavidas para quienes se ahogaban, fue una bendición para quienes no tenían esperanza. Fue el que le dio felicidad hasta a quienes no tenían en dónde buscarla y menos dónde y cómo encontrarla. Diego era esperanza, era la ilusión del que todo se puede. Y todo lo pudo.

Sería muy gráfico definir a Maradona a partir de sus detractores. Los de ayer y los de hoy. O sería muy ególatra hacerlo desde lo que uno siente por él. Pero acá estoy hablando de Pelusa, no de quiénes lo enfrentaban ni de un bostero fanático que tuvo que inmiscuirse en la Tribuna Cordero de la cancha de Independiente para verlo debutar con la camiseta de Newells.

Porque Diego, además de las inolvidables frases, goles, gambetas, y miles de etc., nos dejó eso de estar cuando el otro lo necesita. De aparecer en la mala y a cambio de nada. Hacerlo imprevista y desinteresadamente. Así, sin aviso, sin buscar publicidad a su generosidad. Como cuando gambeteaba por dónde nadie se atrevía a pasar, aparecía su voz en el teléfono, su sonrisa en un picado con fines benéficos, sus palabras para dar aliento. Presente para cuando alguien lo necesite.

Diego es darle alegrías a la gente a partir de su talento y también a costa de su dolor, de soportar millones de patadas de las que a nadie le han pegado, pero él las recibía y volvía a encararlos. Como la de Goicoetxea del Atlético Bilbao, o los Coreanos en México 1986, o convivir con marcas personales que hoy resultan inadmisibles como las de Gentile en España 1982 o Reyna en las eliminatorias 1986, que no son más que meros ejemplos de los cientos que le tocó padecer.

Esas mismas marcas las padecía en su vida privada sin que nadie lo haya preparado para algo así. Tal vez porque se dio todo muy rápido. Debutar a los 15, llegar a la selección nacional, ganar un mundial juvenil en Japón, ponerse la camiseta de Boca y partir rumbo a Barcelona. Y en el medio no poder salir a comer ni ir al cine. Lo dijo más de una vez, de Fiorito a la Torre Eiffel sin escalas.

Claro, es muy fácil decir que a Diego le faltó contar con alguien que le diga que no. Pero primero habría que ponerse dos segundos en sus zapatos. El nació con muchos NO. NO hay, NO tengo, NO puedo. Y ese NO, esos faltantes fueron parte de su lucha y de su falta de límites para todo. Y de su generosidad. Esos NO se puede el Diego los convertía en posibles. Nápoles no es Italia, Argentina no gana mundiales afuera, no podés ser goleador si jugás en Argentinos Juniors, no podés cuestionar a la FIFA.

El NO es una de las tantas metáforas del destino de su vida. El NO más presente al nacer entre la indiferencia de los millones de desconocidos y un NO más ausente cuando era el más conocido del universo. Toda fue una parábola, un ida y vuelta.

Su primer mundial lo jugó cuando terminaba la guerra de Malvinas. Italia sería el campeón pero para Diego fueron solo patadas desleales que terminaron con su expulsión. Pero su segundo mundial, a Italia le hizo un gol antes que el arquero pueda imaginar que iba a patear y a los ingleses les marcó un tanto con la mano de Dios y luego hizo otro que es irrepetible. Otra metáfora con un Diego reivindicador, de todos y de sí mismo.

Fíjate que nosotros le decimos Tanos a los nacidos en Italia. Tano viene de Napolitano, pero para los italianos, Nápoles es una especie de patio trasero del norte rico. Por Diego, los Napolitanos dudaban entre alentar a Argentina o Italia en la semifinal del mundial disputado en su propio país. Mientras que otros italianos silbaron el himno argentino en la final jugada en Roma. Silbaron el himno del país formado por millones de inmigrantes italianos que llegaron a Argentina sin nada, para reinventarse. ¿En serio quieren a analizar las contradicciones de Maradona, cuando sus propias epopeyas ponían en tela de juicio la nacionalidad de toda una región? Miles de Tanos Napolitanos vinieron a rehacer su vida a Argentina, y unos cien años después un argentino fue quien les hizo ver otra vida. Ese argentino dejará grabado a fuego, y para siempre, su nombre en el estadio San Paolo.

De la misma forma, alzar la voz para decir “basta de jugar al mediodía”, para armar un sindicato de jugadores pero soportar que una enfermera lo vaya a buscar y se lo lleve desde adentro de la cancha para que haga pis. Eso fue su cuarto mundial, el jugado en Estados Unidos. Si, le cortaron las piernas en Estados Unidos, pero Cuba lo recibió unos años después, dejando este mundo terrenal un mismo día calendario que Fidel Castro lo había hecho cuatro años antes. Claro, cada cuatro años se juega un mundial de fútbol. Y nadie jugó un mundial como lo hizo Diego Armando Maradona en México.

Un enorme juego de palabras, de más metáforas. Claro, pero qué fácil es juzgar cuando nadie de nosotros se aguantaría un día entero de su vida. Uno solo aislado. En Fiorito, en La Candela, en Barcelona, en Nápoles, en la selección, en una salida nocturna, en su inolvidable programa de TV. El que quieran, el que elijan. Eso multiplíquenlo a lo largo de 60 años. Sin pausa. Si, sin pausa.

Sean honestos con ustedes mismos. ¿Qué hicieron por Argentina? No hablo solamente en salir campeón en un deporte. Sobran los campeones mundiales o los medallistas olímpicos argentinos pero ninguno es Maradona. Diego fue más allá. Claro que me canso de escuchar a argentinos despotricando contra nuestro país, instando a que se vayan a vivir a otro lado. Otra metáfora, muchas veces esos mismos son los más críticos de Maradona. Eso sí, en cualquier lugar del mundo, cuando decías “Soy Argentino”, inmediatamente te decían: “Maradona”. Ahí te daba orgullo Maradona, ergo, ser argentino.

Diego siempre habló maravillas de Argentina, siempre llevó nuestra bandera, la hizo izar hasta lo más alto. Y alentaba a cualquier deportista nuestro, desde Las Leonas del hockey, pasando por el Basket, rugby y decena de tenistas, tanto en las competencias individuales como en la Copa Davis. Diego sabía que su presencia en las tribunas le daba un plus al competidor que apoyaba. Pero no tuvo contradicción alguna cuando el napolitano (y fana suyo) Potito Starace jugó con Nalbandian. Argentino por sobre cualquier circunstancia.

Mierda entonces que fue un embajador. Un emblema. ¿Y qué hacemos los argentinos? Le ponemos una cámara en su jardín así nos tira agua y tenemos cinco minutos de fama. Le inventamos mil historias. O filmamos el patio con un dron, justo luego de salir de su última internación. O quienes lo llevaron a recibir un regalo cuando casi no podía caminar, con un buzo que tenía otra publicidad. Y lo hicieron vaya saber con qué interés. Comercial, casi seguramente, o de figuretti como se llamaba un personaje de un programa televisivo de quien justo estaba ahí dándole un premio. Otra metáfora más.

Ese premio tapó la última imagen televisiva, pública, a estadio lleno, la que venía del 7 de marzo. La sonrisa de Diego en la Bombonera, la imagen de Pelusa besando el césped, de su gallinita, del beso de Tevez. La camiseta de Boca con la 10, encuadrada.

No sólo eso. En la cochería, hubo empleados que se sacaron fotos con su cuerpo. Esa cruel imagen es la última foto que nos dejaron a quien siendo un pibe soñaba jugar un mundial. Esa última imagen de quien levantó un trofeo con su mano de Dios.

No estamos preparados para un mundo sin el Diego. Cada uno lo expresa a su manera. Y sólo el Pelusa une en un abrazo a hinchas de Boca y River, de Central y de Newells, de Estudiantes y Gimnasia. Y los une para siempre, no por un mundial. Y también unió al mundo en el homenaje pero también en el llanto y en el dolor. Hasta sus rivales deportivos fortalecieron su grandeza. Todos, sin excepción. ¿Cuántos seres humanos generan algo así? Su legado no tiene techo ni fin, recién comienza.

No me enojo con el Barba porque se lo llevó tan rápido, sino que le agradezco que nos prestó a su mejor exponente. A quien no supimos cuidar, valorar ni proteger. Pero si amar como a nadie. Tanto que los amantes de eso que se llamaba fútbol empezamos una nueva etapa de nuestras vidas y la pelota. El día cero después de Diego Armando Maradona.

 

Leandro Valdés

Abogado. Periodista. Escribí Los verdaderos Mellizos de la Boca y  Mística 2000.

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