La fábula del Tano y el Oso

Escrito por el 23 octubre, 2019

En el torbellino que fue la presidencia de Daniel Angelici al frente de Boca, hay una historia que describe como ninguna otra la paradoja de El Principito: que lo escencial, estimados, es invisible a los ojos.

Boca tenía un jugador, que creció, debutó y se proyectó con su camiseta. La cual, además, amaba desde chico. Ese jugador se llama Lucas Pratto, el Oso de esta fábula. Sin lugar en el equipo de su ídolo, tuvo experiencias en el ascenso y en el exterior: en todas le fue bien, sobre todo en Chile, desde donde saltó a Italia. Eran todavía tiempos de la presidencia anterior a Daniel Angelici: El Tano de la historia.

Cuando el Tano se hizo cargo de Boca, hacía seis meses se había retirado Martín Palermo, ídolo y hasta casi un padrino futbolístico del Oso. Boca necesitaba un nueve. Fiel a la historia del club, el Tano fue a buscar al jugador de moda: su primer refuerzo de llamó Santiago Silva, y lo trajo desde Italia, donde había llegado seis meses antes desde Vélez. Por eso Vélez se enojó, y salió a buscar un jugador que eclipsara ese pase. Desde Génova, es decir desde las más profundas raíces xeneizes (genoveses, en dialecto local) llegó al Fortín Lucas Pratto. El Oso.

Los años pasaron y Boca se debatió entre títulos locales y fracasos internacionales, siempre con la billetera a mano para calmar ansiedades del técnico de turno o de un público disconforme. Hasta que un día el Oso, consolidado como ídolo de cuanta camiseta vistió, se convirtió en refuerzo de River. Entonces la bomba se activó. Tic tac, tic tac. Contra sus propios sueños y los de su familia, Lucas Pratto le convirtió dos goles a Boca en la final de América y se metió de lleno en la historia de River, a la vez que se convirtió en un villano para el club que lo vio nacer. 

Así se refería El Tano a la todavía no concretada posibilidad que El Oso llegue a River (TyCSports.com)

Sin embargo, no fue hasta ayer que la bomba explotó. Al Tano le quedaba una vida más. Pudo rearmar a Boca desde la derrota de diciembre y tuvo en sus manos más millones que los que cualquiera pudiese imaginar para imponerse de una vez por todas con la prepotencia que lo caracterizó en su paso por el club. Quién sabe si el Oso, con su corazón pesetero, hubiese cruzado nuevamente de vereda con los veinte millones de superávit que tanto le gusta ostentar al Tano. Y tal vez la historia tendría hoy un final feliz luego de tantas vueltas. 

Lo cierto es que no, que la historia es solo de desencuentros. De un Oso que hizo todas las piruetas posibles para que se fijaran en él, pero sólo logró que lo mirasen cuando le terminó de arruinar el cuento al poderoso Tano.


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