¡Vacilazo!

El sol le ganaba las pulseadas a las nubes oscuras, aunque la verdadera batalla se libraba contra el llanto de relatores y comentaristas del club de Núñez, que izaban la bandera de la guardia alta desde los límites del túnel, con su presidente a la cabeza, intentando empañar la fiesta xeneize.

«No hay poronga que les venga bien», diría el Coco.

Y si quieren fiesta, ya saben dónde no van a salir defraudados.

La Bombonera es el lugar.

La bandera por el cumpleaños de Diego fue el puntapié inicial para que nuestros cerebros se conectaran en modo Víctor Hugo Morales, homenajeado por Boca Juniors, y retumbara en cada rincón aquel relato eterno:

«¿De qué planeta viniste, Barrilete Cósmico? ¡Genio, genio, genio! ¡Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona!»

Mientras tanto, La Doce hacía lo suyo, convirtiendo el grito de guerra en un ritual interminable:

«¡Maradona, Maradona!»

Y la mística dejaba en el aire ese aroma a triunfo que solo se respira en ciertos escenarios.

Pero no fue solamente una fiesta dentro y fuera de la cancha. Fue también una batalla entre dos mundos.

De un lado, el que parece acostumbrado a utilizar los medios como caja de resonancia de sus propios intereses, para después ponerse rápidamente en el papel de víctima, buscar las fallas ajenas y olvidarse de mirar las propias.

Porque la grandeza, tanto en el fútbol como en la vida, no se declama: se demuestra.

Se construye con historia, camiseta, barrio y hazañas. Con esas conquistas que llenan las vitrinas y alimentan el orgullo de una hinchada. No alcanza con repetir un eslogan frío, menos creíble que la propia fecha de fundación.

La fiesta tenía varios matices. Víctor Hugo Morales, el homenaje a Diego eterno y el recuerdo de su cumpleaños número 66 le daban un marco especial a una tarde cargada de emociones.

También estaba Halloween. Y, como no podía ser de otra manera, aparecieron los fantasmas de la B, esos que una y otra vez sobrevuelan las visitas a La Bombonera para recordarles a algunos de dónde vienen, quiénes son y adónde podrían volver.

A eso se sumó la fiesta de los paraguas, desplegados en los cuatro costados de un estadio que, entre la lluvia, el calor de su gente y el aliento inagotable, convirtió una tarde gris en una celebración inolvidable.

Todo, por supuesto, acompañado por el llanto riverplatense, que había empezado durante la semana y se extendió hasta el último minuto del partido.

Porque, como siempre, también hubo un partido.

Ese que algunos, últimamente, parecen querer jugar desde afuera, condicionando el clima y poniendo bajo sospecha las decisiones arbitrales antes de que la pelota empiece a rodar.

Ramírez dio el pitazo inicial y, con el correr de los minutos, Boca Juniors demostró que tiene un volante incansable surgido de Boca Predio. Un pibe que corre, marca, juega, hace circular la pelota, empuja al equipo hacia adelante y hasta se anima a pisar el área con intenciones de gol.

Milton Delgado, el hombre de La Matanza.

Y ahí apareció inevitablemente la voz del otro Basile, el Coco, ese que nos dejó frases para que los bosteros sigamos disfrutando:

«Lo ves jugar y tenés que cerrar el estadio».

Porque Milton corre, mete, juega y no se guarda nada. De esos futbolistas que entienden que la camiseta no se lleva solamente puesta: también se defiende.

El espíritu del Coco sobrevolaba la tarde. Aquel fútbol sin vueltas, sin excusas y con una premisa que sigue vigente:

«Boca va y va».

Y mientras la memoria de Víctor Hugo se mezclaba con el presente, el relato parecía anticipar lo que estaba por venir. Las «balas que pican cerca» empezaban a encontrar su destino.

Llegó un córner de Villa. Lautaro Di Lollo atacó el área, se desprendió de la marca de Rivero y quedó en posición de conectar el envío. El cabezazo cruzado encontró la red y desató el delirio de La Doce.

¡Gol de Boca!

El 1-0 hizo estallar La Bombonera y, a esa altura, muchos sintieron que el resultado tenía aroma a definitivo.

En medio del festejo, la imaginación futbolera trajo otra postal, aquella descripción que quedó grabada en la memoria popular:

«En ese momento todos lo vimos: rubio, alto y con un zapato negro».

Porque el fútbol también está hecho de relatos, de imágenes que sobreviven al tiempo y de personajes que se vuelven eternos.

El fútbol es fútbol.

Unos salen a jugar, buscan el arco rival y tratan de ganar con sus armas. Otros parecen sentirse más cómodos administrando las interrupciones, reclamando cada contacto y convirtiendo cualquier roce en una oportunidad para detener el juego.

Y cuando el resultado no acompaña, siempre queda la posibilidad de buscar culpables afuera.

Para esos casos, como diría algún memorioso:

No comment.

En el juego, después del gol, pasó poco y nada. Boca había encontrado la ventaja y River se refugió en las demoras, las simulaciones y las protestas. Ramírez, por su parte, compraba con facilidad algunas de esas infracciones reclamadas.

La diferencia estuvo en la actitud: uno quiso jugar y el otro pareció conformarse con sobrevivir al partido.

Se gana con fútbol. Pero, cuando falta el argumento de la pelota, siempre resulta más sencillo buscar responsables ajenos.

El silbato final trajo una frase ronca, cargada de emoción y alivio:

«¡Volvió la alegría!»

En el banco visitante, en cambio, reinaba un silenzio stampa que contrastaba con el estruendo del pueblo xeneize, ese que pelea en todos los frentes y nunca deja de hacerse escuchar.

Las luces comenzaron a apagarse. La pelota dejó de rodar. Pero el aliento siguió caminando por las calles de La Boca, manteniendo encendida la llama de una noche de gloria.

Allá va el mundo xeneize transitando Caminito, con la felicidad dibujada en la cara y esa sensación de que, cuando gana Boca, hasta las articulaciones dejan de doler.

Podés saltar los noventa minutos. El Fernet y la cerveza parecen no tener consecuencias. No hay acidez, no hay dolor de cabeza, no hay deudas ni acreedores que molesten.

Porque cuando gana Boca, por un rato, todo lo demás pasa a segundo plano.

Allá van los locos lindos, buscando la gloria en todos los frentes, con la camiseta puesta y el corazón latiendo al ritmo de una pasión que no entiende de explicaciones.

Allá van por Brandsen el Coco Basile, Víctor Hugo y Lautaro Di Lollo. Tres nombres, tres épocas, una misma celebración.

Y, si la noche lo permite, que aparezca un Blue Label para brindar por el fútbol, por Diego, por la historia y por esa bendita costumbre de Boca de convertir una tarde cualquiera en una fiesta inolvidable.

Elixir del fútbol.

¡Salud, muchachos!

Ruben Mingroni

La medicina y Boca Juniors son mis dos pasiones. Papa x 2. Columnista de medicina en Cadena Xeneize.

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