Diego, la libertad del imperfecto
Hoy cumpliría 66 años. Para una generación que creció entre prohibiciones, miedo y silencios, Diego Maradona fue mucho más que un futbolista. Fue rebeldía, ilusión y la posibilidad de desafiar al poderoso. Desde las madrugadas clandestinas de Japón 79 hasta su regreso a la Bombonera, una historia de amor con un hombre imperfecto que nunca dejó de ser libre.

Los que peinamos canas venimos de una infancia y una adolescencia que, en la mayoría de los casos, estuvieron lejos de la libertad absoluta. Y no hablamos solamente de la libertad física, sino también de la mental. Nos imponían restricciones que iban desde nuestras salidas hasta nuestras ideas.
Había que pensar en silencio, aprender a callar y tratar de ser perfectos dentro de un mundo oscuro y tenebroso.
Allá por las madrugadas de 1979, escondidos en los baños de la escuela y con una radio sustraída sigilosamente de la cómoda de algún abuelo futbolero, comenzamos a escuchar una proeza que ocurría en las lejanas tierras de Oriente.
Había un pibe que no solo había esquivado parcialmente la colimba, sino que también se liberaba de sus rivales a cada paso. El comentarista gritaba que un tal Diego Armando Maradona tenía la pelota atada a su zurda. Y nosotros, con la voz baja para no ser descubiertos, fuimos festejando gol a gol aquella aventura que terminaría con la consagración argentina en el Mundial Juvenil de Japón 1979.
Muy lejos de estos tiempos de escuelas con televisores y chicos con las caras pintadas de celeste y blanco.
En aquellos días comenzó a crecer algo entre nosotros. Aparecía alguien que rompía todos los moldes, alguien que queríamos ser. Un pibe extraordinario que jugaba a la pelota como nadie y que parecía no reconocer límites.
Después de su paso por Argentinos Juniors, llegó a Boca. Todavía recuerdo a un bostero de ley, mi viejo, entrar a mi habitación mientras dormía y despertarme a los gritos:
—¡Diego firmó con Boca!
Salimos corriendo hasta el canillita del pueblo para reservar El Gráfico. La noticia era demasiado grande como para esperar.
Después llegó el campeonato de 1981, aquel año inolvidable y la noche mágica de la Bombonera, con Fillol rendido a sus pies.
Pero a ese año de felicidad le siguieron la ausencia, el vacío y las deudas. Quedaron lejos la colecta popular para intentar retenerlo y aquel pedido que las radios y la televisión de la época repetían: «Nos juntamos diez millones y ponemos un dólar cada uno y nos quedamos con su encantamiento».
Pero los catalanes pudieron más que el pueblo bostero y se llevaron a uno de los nuestros.
Porque Diego es Boca y Boca es Diego.
El camino de regreso sería largo, tan largo como la espera. En el medio quedaron Barcelona, su paso imborrable por Napoli, la Mano de Dios en México, la Copa del Mundo y aquel gol a Inglaterra que todavía hoy sigue siendo considerado una de las mayores obras de arte de la historia del fútbol.
También llegaron los golpes: el doping en Italia, la suspensión, el fugaz regreso a Newell’s —que hasta le provocó una pesadilla al Negro Fontanarrosa— y una carrera que parecía atravesar varias vidas en una sola.
Hasta que un día volvió a su casa: la Bombonera.
Regresó con el pelo pintado, las ideas intactas y un corazón que extrañaba mucho más de lo que él mismo hubiera querido reconocer.
Su paso fue corto e intenso, como casi todo en su vida. Diego vivía a una velocidad distinta, como si en una sola existencia hubiera querido experimentar todas las vidas posibles.
La historia más reciente es conocida. En 1994, después del pedido de su gente, volvió de apuro a la Selección argentina cuando el equipo atravesaba una situación desesperante y corría el riesgo de quedarse afuera del Mundial, después de aquella goleada de Colombia en el Monumental.
¿Quién podía salvarnos si no era Diego?
Y apareció otra vez. Con su centro para el cabezazo de Balbo en Australia, con su gol ante Grecia y con aquella ilusión que parecía devolvernos la esperanza. Hasta que llegó la enfermera, la noticia y ese jueves en el que, una vez más, nos cortaron las piernas.
Diego representó la rebeldía de una generación que nació y creció entre el ruido de las botas, las razias nocturnas, el miedo cada vez que aparecía un Falcon verde y aquella frase que se repetía como una amenaza: «Algo habrán hecho».
Y lo único que hacíamos era pensar.
En ese contexto, Maradona fue mucho más que un futbolista. Fue la ilusión de vencer al poderoso, de poner de rodillas al gigante, de rendir al león a sus pies. Primero con la picardía, después con la magia. Con la trampa y con el talento. Con todo aquello que lo hacía diferente.
Diego fue un emblema. Una especie de dios pagano, el más humano, el más imperfecto de todos.
Porque nunca fue un ejemplo de perfección. Tampoco pretendió serlo. Tuvo contradicciones, errores, excesos y una vida que estuvo siempre expuesta a la mirada de todos.
Pero hay algo que nunca dejó de representar para aquella generación: la posibilidad de ser libre.
Libre para pensar, para decir, para jugar, para desafiar al poderoso y para no pedir permiso.
Diego fue eso. La rebeldía hecha fútbol. La libertad de los que alguna vez tuvieron que callarse.
Un ser imperfecto, sí. Pero, por sobre todas las cosas, un hombre libre.




