Boca escribió su propia Divina Comedia en Avellaneda: Paredes y Herrera guiaron al Xeneize del infierno al paraíso

Para alcanzar la salvación y recibir los reflectores de esa luz que proyecta el paraíso, primero hay que atravesar el infierno. Y ahí fue Boca Juniors: al infierno de Avellaneda, ese que solamente se colma cuando lo visita el Xeneize.

 

Ese estadio repleto de grandes estrellas, alabadas exageradamente solo porque enfrentan a los de azul y amarillo, hoy con camiseta alternativa.

 

El partido comenzó a las 17, andando y nada sereno.

 

El Dante, Leandro Paredes, fue de entrada. Entre las confusiones de propios y extraños —que ahora, en el triunfo, ya no exigen jugar bien, sino partes médicos y tratamientos instituidos— se puso la cinta de capitán y se cargó el equipo al hombro, haciéndose fuerte para atravesar el Averno.

La partida fue intensa, de ida y vuelta, basada más en errores propios que en virtudes del rival. Perder la pelota es parte del juego; el problema es lo que pasa después. Y ahí estuvo la clave: las pérdidas del Xeneize fueron transformadas en contragolpes rápidos que terminaron estrellándose contra los baluartes de la defensa xeneize:

Di Lollo en el primer tiempo, y Jagger Herrera junto a Álvaro Montero en la segunda etapa. Si se pierde la pelota, se debe correr más fuerte para recuperarla. El fútbol moderno es de transiciones rápidas, y a eso jugó el Rojo. A esa táctica, Boca Juniors opuso sus murallas defensivas.

El encuentro fue enérgico en la pelea de cada pelota. El gol no se mostraba a pesar de las aproximaciones dentro del área de Santiago Ascacibar y de Miguel Merentiel, quien hoy estuvo errático y enredado. Boca no encontraba el rumbo ni en las corridas de Leonel Flores, ni en la garra de Ascacibar, ni en el despliegue del incansable Milton Delgado, ni siquiera en los pases que pincelan el campo de juego de Leandro Daniel Paredes.

 

El tiempo corría y la victoria se hacía lejana. Esa victoria tan necesaria para mantenerse en la punta y acallar las gargantas de los de siempre, amantes de las crisis y derrotas del club de la Ribera.

 

Pero todo el desarrollo desembocó en ese minuto. El minuto que estaba escrito.

 

Rodolfo Arruabarrena miró el reloj; luego su mirada fue hacia el Dante, Leandro Paredes, con quien había pactado jugar 60 minutos. Decidió dejarlo en cancha unos minutos más, e hizo entrar al ecuatoriano Enner Valencia y al colombiano Sebastián Villa: aires nuevos de Sudamérica para refrescar el ataque xeneize.

El minuto estaba escrito. Primero, el técnico loco dictó el final de sus figuras, entre aplausos incluidos.

 

El minuto estaba escrito: era el momento de Boca.

 

El minuto estaba escrito: el triunfo se sentía en el aire frío de la tarde, sin el aliento de los 33 cantos que hoy eran millones desde cualquier lugar del mundo.

 

El minuto estaba escrito: la pelota afuera por la banda izquierda del arquero rival. Allá fueron Villa al disparo del córner y los centrales al cabezazo.

 

El minuto estaba escrito cuando Jagger Herrera se vistió de Virgilio: les ganó a todos en el primer palo y convirtió su primer gol en la primera de Boca.

 

El minuto estaba escrito: el infierno ya era una etapa más superada.

 

El minuto estaba escrito: los cantos de protesta y los llantos infinitos de la hinchada local ya no podrían acallar la alegría del pueblo bostero.

 

El minuto estaba escrito. El Dante, Leandro Paredes, salió indemne. Y de la mano de Virgilio, Jagger Herrera, nos dieron esta tarde el camino de la Divina Comedia hacia el paraíso.

Ruben Mingroni

La medicina y Boca Juniors son mis dos pasiones. Papa x 2. Columnista de medicina en Cadena Xeneize.

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