El Boca de mi abuelo volaba

Corría el año 77, parado en la popular de Casa Amarilla, mis oídos pedían piedad ante tanto aliento y golpes de bombos, que se acrecentaban más y más con el paso de los minutos. Las gargantas explotaban de placer ante cada remate del Heber o de alguna picardía del Chapa Suñé.

Mi abuelo, que había dejado el Mack en la balanza y se vino para la cancha, a base de empujones y codos altos a lo Salinas llegó, se paró al lado mío, y en solo 15 minutos, gritó fuerte para que pudiéramos apenas escucharlo: «¡este equipo vuela!». ¡Mirá cómo vuelan!

Y en verdad volaban, sus corridas intensas parecían no tocar el verde césped.

Y el Boca va y va y va era una premisa, que los hacía invencible.

Los años pasaron, la gloria se multiplicó y el club se hizo inmenso, creando un verdadero Mundo Boca, del cual todos estamos pendientes: Es nuestro Mundo, con bandera, escudo, y un sentimiento patriótico envidiable hasta por las grandes potencias.

Hoy el Mack no está con nosotros, al igual que su chofer, que ya no viaja todas las semanas a Casa Amarilla, él solo nos mira de la cuarta bandeja, atento a cada detalle.

Dicen que cuando aparece un colibrí es un alma que nos viene a visitar, que paradoja de estos tiempos, su atención fue más allá y llegó al juego. El colibrí vuela hacia atrás al retirarse de cada flor. Eso nos demuestra que ese vuelo en retroceso, lo dejemos solamente para esa ave, el picaflor que nos conecte con las almas.

Como mi abuelo dijo en aquel escalón despintado de su Bombonera querida: su equipo debe volar y hacia adelante, por el club, pero en especial por lo más preciado que es su gente.

Los jugadores pasan, los dirigentes también, la gente permanece y el club es eterno.

Ruben Mingroni

La medicina y Boca Juniors son mis dos pasiones. Papa x 2. Columnista de medicina en Cadena Xeneize.

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