Alguien que tenía barba

Ahí va la pelota volando por el cielo de la Bombonera. Es una escena que siempre me fascinó. Más que nada porque me obliga a levantar la mirada del campo de juego y enfocarme en las tribunas. Ya habrá tiempo para que esa pelota baje y haya que mirar otra vez el partido.

Ahí va la pelota revoleada por gladiadores de la talla del Patrón Bermúdez, del Flaco Schiavi o de Mouzo. Y esa pelota en el aire seguramente estuvo muy bien bartoleada porque enfrente hay once tipos con camisetas de otros colores que nos quieren ganar en nuestra cancha. ¿Dónde se ha visto semejante atrevimiento?

Tuve la dicha de crecer viendo a Hrabina y Passucci revolear la pelota alto y lejos si era necesario. Pero sería muy cómodo quedarme sólo con eso. Así que siempre quise estar atento a parar el oído o leer en alguna revista vieja acerca de los maravillosos relatos de Rattín y Pescia reventando ataques rivales contra la platea. O acaso, la historia más perfecta de todas. Carmelo Simeone tirando la pelota a la calle por arriba de los palcos.

Ahí va la pelota volando y como hoy estoy sentado en la platea media al lado de la Doce veo en diagonal, allá en el fondo entre los edificios, al puente de La Boca. Una estructura gigantesca que vista desde donde estoy, parece un arco donde la pelota busca llegar y entrar.

Abajo de ese puente hay agua y el agua es vida. No importa que esté podrida o con feo olor. El agua es vida así que a pocos metros de esa desembocadura, nace entonces el club más grande del mundo. Gana y pierde como todos los demás, pero es el más grande de todos porque siempre está acompañado por una hinchada sin igual.

La pelota sigue en el aire y el agua es vida, lo tengo clarísimo. Y por esas aguas un día cruzó un barco con la bandera de Suecia para dejar esos dos colores e irse. Por supuesto acá se abre una acalorada discusión entre los historiadores del club. Y hay dos bandos. Los que eligen creer que el Drottning Sophia pasó justo el día que estaba Brichetto en el puerto. Pero también están los que cruzaron fechas, revisaron las cartas de navegación y prefieren otra versión. La de la expedición científica con marinos suecos varada en la Antártida y rescatada por la Corbeta Uruguay. Acontecimiento que provocó en el puerto un recibimiento multitudinario con miles de banderas azules y amarillas. Suceso que probablemente haya marcado a fuego eterno esos colores en el barrio.

No puedo elegir ninguna de las dos versiones porque estoy muy ocupado viendo la pelota volar cada vez más alto. Pero no me escandalizo ni me asusto. Me enseñaron que en este club hay un secreto: nadie se rasga las vestiduras si los pelotazos cruzan el aire. Si eso sirve para asegurar una victoria, bienvenidos sean esos misiles surcando el cielo de La Boca.

Uno quisiera estar más horas repasando pelotazos por el aire de nuestra hermosa cancha, pero de repente veo que la pelota empieza a bajar. Hoy es 31 de mayo de 1987 y la pelota está bajando casi en cámara lenta. Busco con la mirada a Genaro, Stafuzza, Higuaín, Musladini y Abramovich pero ninguno de ellos fue el que revoleó esa pelota que efectivamente ya está aterrizando. Tampoco fueron Melgar, Carrizo, Tapia, Graciani o Comas los culpables. Mejor dicho, los héroes. Ninguno de ellos fue.

Ahí va la pelota volando, pero baja y se clava en el ángulo de Scoponi. No es poca cosa porque el Gringo era un arquerazo. Pero estaba distraído y muy adelantado, así que la pelota voló, lo pasó por arriba y aterrizó detrás suyo.

La pelota bajó justo besando el travesaño y la Bombonera estalla en un alarido bestial. Miro hacia mi izquierda y en la popular los brazos se levantan todos al mismo tiempo. Miro hacia mi derecha y está mi viejo gritando desaforadamente el gol. Miro arriba, abajo y veo a todo el mundo abrazándose. Incluso al tipo ese que se pasó el partido entero puteando a Julio Zamora, un puntero guapo del rival. Esa pelota que voló en el aire ya bajó y está picando adentro del arco de Newell’s. Es el minuto noventa, sacan del medio y termina el partido.

El que pateó fue alguien que tenía barba, con el quince en la espalda y que apodaban Pimpinela. Fue él quien revoleó esa pelota por el aire y había hecho tremendo golazo de emboquillada. Horas más tarde me entero que viene de las inferiores y su nombre completo es Néstor Horacio Tessone. Pero eso ahora no importa. La gente canta y no quiere irse de la cancha. Festeja que Boca ganó 5 a 2 y ya era finalista de la Liguilla pre-Libertadores de América. Un detalle anecdótico tal vez.

El pibe con barba se queda en el campo de juego rodeado de micrófonos y cables. Da mil notas hasta que por fin levanta la mano, saluda y se mete en el túnel. Lo que no sabe, ni siquiera sospecha, es que se hablará durante años de ese gol.

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