Ese grito de guerra cuando parece que todo está perdido

Cuando Horacio Elizondo descontó dos minutos era poco menos que el fin del mundo. A esa altura se daba por hecho un triunfo de las gallinas contra Independiente esa misma noche, cosa que prácticamente terminaría de sentenciar el campeonato. Boca había jugado bastante mal esa tarde de tanto calor en el Bosque, y si me apurás, hasta había merecido perder. Entre Sava, Guly, Pampa Sosa y compañía habían errado goles imposibles debajo del arco. Para más datos, la figura de la cancha hasta ese momento era Oscar Córdoba. Y con eso está todo dicho.
Quedaban tres fechas por jugar y daba la sensación que el equipo de Veira tiraba definitivamente la toalla en su persecución al puntero. Habían sido muy livianos sus intentos por doblegar a Enzo Noce, arquero tripero, y eso hacía imposible llevarse los tres puntos necesarios para mantener la ilusión. Apenas un par de tiros de lejos del Ñol Solano y poco más. Nada muy serio. Solo restaba pedir un último milagro mientras se repasaba cómo volver a casa sano y salvo. Un viaje largo en el que todo iba a ser desazón. Como tantos otros.
Para colmo ya en tiempo adicionado era Gimnasia el que tenía la pelota en ataque y hasta forzaba un par de laterales casi sobre la raya de fondo de Córdoba. La cancha del Lobo estaba dividida en partes iguales. La mitad local celebraba, calculo que arruinarle el campeonato a Boca, y la mitad visitante dejaba escapar el último grito de guerra en la garganta de las dieciseis mil doscientas entradas vendidas. Ese grito de guerra que sale casi por inercia cuando parece que todo está perdido. Era el momento del “Dale Boca” final, a modo de declaración de principios. Si aquello era morir, había que morir de pie.
Pero de repente, lo imposible. Traverso pescó una pelota en campo propio y abrió rápido para Gustavo Barros Schelotto. El Mellizo estaba contra la raya lateral e inventó una gambeta. Pasó entre dos rivales y tiró el centro muy pasado. Iban cuarenta seis minutos con treinta segundos. La pelota cruzó toda el área y la agarró Cagna del otro lado. El Flaco sin dudarlo se acomodó y tiró el último ollazo de la tarde porque se terminaba el partido. No había tiempo para más nada.
El centro tomó altura y cayó en el medio del área local. Perfecta para que Martín Palermo se eleve, le gane en el salto a su implacable marcador, conecte de cabeza y agarre a contrapierna al arquero. Noce llega a manotear e intenta lo imposible. Pero no hay caso. La pelota entra picando, casi como pidiendo permiso y la tribuna de Boca explota en un desahogo interminable. Es un alarido maravilloso. Gimnasia reclama un foul pero saca del medio y termina el partido. Ingresan los suplentes, hay abrazos dentro y fuera del campo de juego. La cancha era una caldera. No tengo dudas que de todas las formas que existen de ganar, esta es la mejor. La piña del nocaut entrando casi sobre la campana final. Sin dar tiempo a nada.
La gente de Boca toma las calles de La Plata y emprende el regreso hacia la estación de trenes. En el horizonte asomaban preocupaciones, desde ya, porque la vida no es color de rosa. ¿Era inminente la llegada de la gente de Estudiantes en el mismo tren proveniente de cancha de Lanús? No importa. ¿Se venía un partido chivo contra Racing el miércoles en la Bombonera? Tampoco importa. ¿River iba a golear a Independiente dentro de un rato y mantendría el punto de ventaja en la tabla? Estaba en los planes. Nada de eso iba a eclipsar la felicidad de esa hinchada que no paraba de cantar. Una marea humana que tenía motivos de sobra para ser pura alegría. Aquel Boca se había demostrado a sí mismo que podía luchar hasta al final y no bajar los brazos. Como manda la historia.



