Uno que siempre puso la cara: Roberto Mouzo

Le parecía mentira todo lo que estaba pasando. Era irreal. Un rato antes le habían entregado una plaqueta en el círculo central y se le había hecho un nudo en la garganta. No tanto por la plaqueta en sí misma, después de todo un premio más para su vitrina, sino por lo que generó cuando caminó unos pasos y la levantó para mostrarla. La ovación de la gente de Boca desde los cuatro costados de la cancha de Huracán le había aflojado las piernas. Tanto cariño lo puso feliz y triste al mismo tiempo.
Feliz porque sabía que esa era su hinchada. Y que después de irse mal del club, el amor seguía intacto. Pero también le dolió y lo puso triste asumir que esa noche estaba en la vereda de enfrente del equipo del que siempre fue hincha. El pasado estaba tan fresco que podía recordar con lujo de detalles su último partido vestido de azul y oro, casualmente en esa misma cancha, contra Rosario Central tres meses antes. Una tarde de mucho calor que terminó en triunfo dos a cero y con un gesto que lo pinta de cuerpo entero: antes de festejar la victoria, se tomó unos minutos para consolar a los rivales que acababan de descender a Primera B. Roberto Mouzo no solo se caracterizaba por ser un gran marcador central.
Arrancó entonces el partido en Parque Patricios el 6 de marzo de 1985 y ya no tuvo tiempo de recordarse con la camiseta que ahora tenía enfrente. Habían jugado quince días atrás en Córdoba, pero hoy todo era muy diferente. Cada vez que levantaba la cabeza para calcular la pelota y preparar el cabezazo, veía banderas azules y amarillas por todos lados. Los colores que había defendido tantas veces. Y fueron tantas las veces, que terminó convirtiéndose en la persona que más veces los defendió en la historia. Un motivo de orgullo que llevará por siempre.
El partido enseguida dejó de ser partido porque en veinte minutos Brown, Passucci y el Vasco Olarticoechea habían puesto un tres a cero irremontable. Pensó que sólo quedaba esperar que pase el tiempo y que esa noche terminara lo más rápido posible. El resultado claramente era lo de menos. Pero pasó algo en el minuto treinta y uno del primer tiempo. Algo para lo que nunca estuvo preparado.
El árbitro cobró penal para Estudiantes de Río IV y, siempre caudillo sin importar la zaga que le tocara integrar, Mouzo quedó encargado de acomodar la pelota y quedar cara a cara con el uruguayo Balerio. Tomó carrera y tuvo que esperar unos segundos a que el juez diera la orden para patear. Tiempo más que suficiente para que se le vinieran encima recuerdos hermosos y no tanto, siempre al lado de Boca.
Se vio vestido de jean y camisa negra saltando a la tribuna de la cancha de Independiente la tarde que una bala de la policía asesinó al pibe Scaserra. Trató por todos los medios de ayudar en aquel desmadre que se estaba viviendo. Y terminó saliendo con toda la gente en medio de los gases lacrimógenos. Como un hincha más. Pero también se vio compartir rondas de mate en La Candela con Maradona y recibir prestadas, de manos de Diego, las llaves de su BMW para ir al centro de Morón a comprar el diario. Cuatrocientos veintiseis partidos con la camiseta de Boca era un montón. Uno de ellos, tratando de esconder una hepatitis para no bajarse de un superclásico. Porque si había que poner la cara, Mouzo siempre cantó presente.
Levantó la cabeza y vio a la hinchada de Boca detrás de ese arco. Sonó el silbato, corrió y cuando la pelota tocó la red, no supo muy bien que hacer con ese gol que había hecho. Solo atinó a taparse la cara con sus manos y ponerse a llorar.



