Seres humanos empujados por un fuego sagrado

Las grandes gestas de Boca Juniors a lo largo de la historia no se hicieron solas por arte de magia. Aunque sea muy tentador pensarlo así. La gente canta y empuja, claro. La Bombonera late y también juega, por supuesto. Pero son personas de carne y hueso las que se visten de héroe en el momento indicado. Seres humanos que empujados por un fuego sagrado interior agarran la lanza y van para adelante. Tipos que a pura garra luchan para torcer hasta las historias más adversas. Como la historia que había que torcer aquella tarde del 15 de junio de 2003.

Domingo día del padre y feriado nacional al día siguiente, imagino millones de hogares boquenses a punto de cancelar los festejos previstos por lo que estaba pasando al llegar al minuto treinta y siete del segundo tiempo. Arsenal ganaba dos a cero en cancha de Boca y la punta del campeonato se ponía en serio riesgo. Pero había algo tan o más doloroso que me martillaba la cabeza a esa hora: estar presenciando en primera fila a algo histórico. Una decisión de Carlos Bianchi que no estaba dando resultados satisfactorios.

Tras el triunfo cuatro días antes ante América de Cali por la semifinal de ida en Copa Libertadores, el once inicial mixto aquella jornada claramente no respondió. Estaba a la vista que no alcanzaba el esfuerzo de Willy Caballero, Negro Ibarra, Beto González, Nico Burdisso, Pampa Calvo, Villita, Chavo Pinto. Caneo, Equi González, Pipa Estévez y Bracamonte. Era derrota inapelable.

Fue entonces en el minuto treinta y siete que hubo un córner sobre el arco que da al Riachuelo y todo Boca fue a buscar el descuento. Pipa Estévez tocó corto hacia atrás, vino el centro y la arremetida de Bracamonte terminó con un rechazo visitante y una bomba de Tevez desde el punto penal para abrir una luz de esperanza. Había vida. Solo era cuestión de que los héroes aparezcan. Y actúen rápido, claro. No había mucho tiempo.

Para colmo Arsenal empezó a hacer lo que mejor sabía. Enfriar el partido. Primero consiguió un tiro libre en ataque, luego tardó un rato largo en hacer un lateral en defensa y por último el clásico de los clásicos en estos casos. Jugadores que se caían con solo mirarlos y se quedaban a vivir en el piso. Así de a poco iba logrando que se pierdan segundos preciosos. Momento que obligaba a tomar decisiones. Era ahí o nunca. Por eso tal vez fue recibido con una gran ovación el momento en que Bianchi le hizo una seña y llamó a Rolando Carlos Schiavi. El Flaco salió del banco de suplentes, rápidamente se sacó el camperón y se puso las canilleras. Escuchó atentamente las sabias palabras del director técnico en el mismo momento que Estévez desbordaba, tiraba un centro atrás y un derechazo de Carlitos era sacado al córner por Limia.

La Bombonera era una caldera a esa altura. El arquero de Arsenal le gritaba a sus compañeros pero dudo que lo escucharan. El caos era generalizado porque tengo que ser sincero y estoy seguro que fuimos muchos los no vimos que cuando esa atajada de Limia se fue al córner, el Pampa Calvo salió del campo de juego para que ingrese Schiavi. Así que ahí estaba entonces el Flaco a puro trancazo arribando al área de Arsenal en el minuto cuarenta del segundo tiempo.

El centro bombeado cayó justo en el punto penal y en medio de cuatro rivales, Rolando se elevó más alto que todos, seguramente decidido a tocar su primera pelota del partido. El salto del Flaco fue gigante y su cabezazo se metió abajo pegada al poste. Un plagio de lo que había hecho contra América de Cali cuatro días antes. Como para que uno se mal acostumbre y siempre elija creer en jugadores como Schiavi.

Capitán moral esa tarde que no terminó en triunfo por un pelito, Schiavi hizo lo que correspondía y se quedó a jugar de nueve esos minutos finales. Decisión que lo puso de cara al milagro. El último ollazo al área visitante terminó con una peinada de Bracamonte que el Flaco tirándose al piso casi conecta con la rodilla. La pelota se perdió por la raya de fondo y fue recién en ese momento que la voz del estadio anunció su ingreso. Por si alguien todavía no se había dado cuenta.

Capanga en ambas áreas, Schiavi no sólo significaba liderazgo en la zaga boquense. Era caudillismo puro y duro. Una forma de ser que a veces se permitía algunos lujos muy valorados como por ejemplo marcar dos goles una noche en cancha de Vélez. Algo que generó casi tantos aplausos como un sinfín de patadas a Centurión en un Boca – Racing.

Sin embargo cuando se habla de garra puede parecer poca cosa entrar y hacerle un gol de cabeza a Arsenal. Queda reducido a un juego de niños semejante faena si lo comparamos con la noche que jugó contra Colo Colo en Chile con apendicitis. Motivo por el cual, en mi lista de héroes que, tirados en una camilla con fiebre, piden salir a jugar el segundo tiempo en lugar de pedir una ambulancia, hay un solo jugador. Y se llama Rolando Carlos Schiavi.

 

Rolando Schiavi luego de haber sido operado de apendicitis.

Articulos relacionados