Diez meses había sido demasiado tiempo
Habemus nueva sección: la columna de @CabezaDeBoca

El despeje largo le daba respiro a Boca. Algo fundamental porque los centros volaban a diestra y siniestra sobre el área de Navarro Montoya. De hecho así había llegado el descuento de Berizzo unos minutos antes para transformar un dos a cero cómodo en un suplicio. Se jugaba un minuto de los cuatro que había adicionado Calabria y allá fue Graciani en busca de esa pelota. Con lo último que le quedaba de fuerza y con Gamboa colgado de la espalda para impedir que se vaya mano a mano contra Scoponi. Vivo Alfredo, lo arrió hasta entrar al área de Newell´s y recién ahí se dejó caer. Claro penal y todo dado para, salvo una desgracia, liquidar el partido en el Parque Independencia.
Agarró la pelota Ivar Stafuza decidido para ejecutar la pena máxima y desatar por fin los festejos contenidos de la tribuna boquense. Una multitud que ocupaba toda la popular del costado y parte de la platea de atrás del arco. Era la hora señalada aquel domingo 8 de abril de 1990 para volver a ganar un partido en condición de visitante. Algo que en la fecha veintinueve del torneo, increíblemente, todavía no había pasado. Es más, había que retroceder hasta principios de junio del año anterior para encontrar un triunfo fuera de casa.
Un uno a cero a Chaco For Ever en Resistencia por la Liguilla, con golazo justamente de Stafuza. Un misil de lejos que se clavó en un ángulo y cumplía ya diez meses. Muchísimo tiempo para no pelar cuero y revolear la remera en territorio enemigo.
Ojo, tampoco da para victimizarse. En el medio se ganó la Recopa a Atlético Nacional de Medellín en el Orange Bowl de Miami. Final que fue lejos de casa pero que técnicamente cuenta como partido en cancha neutral. A veces las estadísticas son un laberinto donde uno queda atrapado. Lo cierto es que ahí estaba Stafuza con la pelota en la mano listo para patear el penal pero no podía hacerlo.
A Calabria lo rodeaban los jugadores de Newell´s con Roque Alfaro a la cabeza, el más exaltado de todos. Reclamaban que el foul de Gamboa a Graciani había sido afuera del área, reclamaban una falta de Giunta a Martino en el inicio de la jugada del segundo gol de Boca, pedían un supuesto penal por empujón a Cozzoni y creo que reclamaban un lateral en mitad de cancha apenas había empezado el partido. Tarde para lamentos. En el medio había sucedido el milagro. El equipo de Cai Aimar pisó fuerte y había hecho un gran partido en Rosario. Gesta forjada gracias a un maravilloso tiro libre al ángulo del Bocha Ponce y una palomita del Mudo Itabel, convirtiendo un gran gol, injustamente olvidado con el paso de los años. Un contraataque letal coronado de manera brillante por el jugador fetiche del técnico. Entrenador que llegaba con la soga al cuello aquel domingo tras una semana donde se le escaparon los nombres de los jugadores que no iban a continuar tras la finalización del campeonato.
Entre ellos algunos apellidos pesados como Cucciuffo y Perazzo. Una actitud que por supuesto dio inicio a nueva crisis (?). Levantó en armas a todo el plantel e hicieron insuficientes los días de la semana para interminables reuniones primero en La Candela y luego directamente en la sede del Banco Credicoop en Reconquista y Lavalle. Oficina donde los esperaba Carlos Heller para tratar de limar asperezas.
A todo esto, el penal seguía sin poder patearse y viendo como venía la mano, los jugadores de Boca se terminaron abrazando en mitad de cancha, levantaron los brazos en clara señal de saludo y festejaron con la gente. Mientras tanto desde la tribuna local caían algunos cascotes al campo de juego y la policía rosarina se encargó rápidamente de terminar de desmadrar el asunto.

Los primeros gases lacrimógenos despejaron la zona del alambrado y provocaron una corrida de proporciones hacia afuera del estadio. El caos ya era absoluto. Calabria suspendía el partido y escapaba corriendo con sangre en su rostro.

De fondo el ruido de las detonaciones y disparos pintaban un panorama desolador. El humo sumaba a la confusión generalizada para todo el mundo menos para una tribuna visitante que seguía abarrotada de hinchas cantando y festejando bajo el rayo del sol. Nadie se quería ir. Esa gente estaba ajena a todo y muy feliz por volver a ganar de visitante luego de diez largos meses.



