El Pochoclo y Yo

Cuando le echas la culpa al pochoclo de tus frustraciones, es cuando debes dejar de comerlo...

No hay nada peor que te sobre pochoclo. Porque no lo podés freezar, porque llega un momento en que ya te harta, y ¿sabés qué? Cuando te quisiste dar cuenta, tenés la panza hinchada y ya no te sentís bien.

Algunos creen que el pochoclo es para uno solo cuando en realidad, en los cines, te venden esos baldes inmensos para que coman todos, hasta el abuelo que vive en la casa y que vos llegás, con las manos todas pegoteadas, para convidarle al abuelo.

Pero hay algo peor aún, que la película fue tan mala, que ni ganas te dio de comer, o al contrario, te lo devoraste todo porque en definitiva, era más placentero comer pochoclo que ver la película.

Las cosas son así. Lamentablemente hay que saber muy bien cuándo invertir en pochoclos o no. Cuando quizás sea mejor algún turrón, un chocolate mediano, como para ir matizando la película.

Pochoclo y película se llevan bien, evidentemente. Pero cuando alguien, sin querer, te cuenta el final de la película, el pochoclo pasó a segundo plano. Ya no sirve.

El pochoclo es el símbolo del placer. Pero si esa película termina siendo tan repetida como las otras tres anteriores que viste, ya no importa el pochoclo.

Por eso es cierto, van de la mano peli y pochoclo, pero tenés que estar muy seguro de que esa película se merezca un buen balde de pochoclo.

Cuando te encontrás con una película que para entender tenés que haber visto otras dos anteriores, el pochoclo no te va a serivir para entenderala. Por eso digo, ojo con el pochoclo, te podés empachar.

Y después vas a andar gritando a los cuatro vientos “vieron? tanto que hablaban de la película? Tomá, me comí todo el pochoclo”. Pero la panza te duele a más no poder.

Consejo: meté el pochoclo sabés dónde? En una bolsa y tiralo a la basura.

A veces es mejor Netflix, porque podés ver y sacar; y volver a ver y dejar… Pero ya sin pochoclo.

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Marcelo Rodriguez

Periodista de Crónica. Las opiniones son personales. Autor de Con alma y corazón, el fenómeno Boca Bianchi.

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