A vos también te pasó

Las aventuras más alucinantes las viviste los días de cancha. Esas locuras y anécdotas que quedarán por siempre en tu cabeza.

No te olvidaste de nada. Recordás cada detalle con una sonrisa en tu rostro. La memoria está fresca y activa para contarle a los tuyos ese día, el día que pisaste por primera vez La Bombonera. De todas formas, aunque te llenes de sentimiento y nostalgia, pasaron otros grandes momentos inolvidables en la tribuna: por ejemplo, cuando llevaste a tu hijo y le explicabas de que trataba esto (sí, lo estabas enfermando y te veías a vos mismo), fecha que estará para siempre en tu retina.

Además de eso, viviste campeonatos, finales, noches de copa, clásicos, el debut de un ídolo, la despedida de ese ídolo, partidos buenos, horribles, noches de calor o lluvia, tardes de sol o frío. Te tomaste 2 bondis o fuiste en auto. Te subiste a un tren y pasaste por un subte y taxi (porque no llegabas). Viajaste miles de km, hiciste dedo, se te rompió el micro, te canceló un amigo y te cambió los planes para llegar, te las arreglaste solo, fuiste creciendo y tachando torneos con esos compinches del barrio o ajenos cómplices en pasión bostera. Estabas en la tribuna mirando el partido y ya pensabas en cómo te las ibas a ingeniar en la semana para ir de visitante, ya estabas haciendo la logística en pleno domingo desde la popular. Somos así, estamos “enfermos” y es nuestro alimento preferido. Conociste gente nueva, amigos nuevos, bosteros como vos…

Anotabas tus primeros partidos en un cuaderno hasta que te cansaste. Guardabas las entradas, boletos de colectivos y cualquier ticket que recibías ese día dominguero. Respetabas camisetas, cábalas, cambiabas de tribuna si las cosas no salían como esperabas. Te abrazaste con desconocidos y te hiciste pelota en la avalancha. Te afanaron, te perdiste, fuiste con un yeso y las muletas (como las de Martín) o medio enfermo. La policía te corrió con los caballos, caíste en cana, llegaste tarde al laburo y gastaste mucha guita por más que no te sobraba nada. Te cagaste a trompadas, te peleaste con un amigo, te separaste de tu novia, mentiste, sufriste, no dormiste, te quedaste sentado por horas en el barrio o toda una noche para conseguir tu entrada…

Algunas de estas maravillosas cosas te pasaron o te van a pasar. Siempre privilegiaste a Boca por arriba de todos. ¿Hay más? Claro, maestro. Si estás loco como yo, seguramente me vas a entender. Estoy seguro que saltaste un molinete o entraste con una entrada comprada en la reventa o un carnet que no era el tuyo. ¿Te cuento cómo estabas? Te transpiraba todo: las manos, los pies, la espalda, el pecho, la cabeza te explotaba, vos no ibas a ser feliz hasta no superar todos los obstáculos que llevaban nombre de “cacheos”, “filas eternas”, “calles equivocadas” y “controles”, mientras escuchabas de fondo una banda sonora que decía: “¡Con el carnet en la mano!”.

Estás tenso y nervioso. Revoleás los ojos para todos lados, sentís la felicidad ahí cerquita tuyo, levantás la cabeza y es ella: la cancha de tu Boca Juniors querido. Los afortunados que estaban adentro, cantaban canciones y la acústica del templo te llegaba como un disparo contundente a tus oídos. El corazón se te sale del pecho. Esa adrenalina te ceba más y más, estas a punto de enloquecer si no entrás, la espera se hace eterna y, para amortiguar ese sufrimiento de ansiedad, le preguntás cualquier pavada al que tenés cerca: “¿a qué hora abrieron las puertas?, “¿te controlan mucho?, ¿de dónde son ustedes?, y tu receptor puede ser uno igual a vos (que la está pariendo y “se hace el sota”) pero se transforma en un experto en todo. Este sujeto te llena de paz y tranquilidad, está tan seguro de todo que por un momento pensás que es la reencarnación de Baglietto, Farenga, Sana y Scarpatti en una sola persona.

Para vos, esa compañía es un trampolín de energía hasta que el tipo se va y pasas a ser un radar que mira todo lo que hace. Pensás en imitar todos sus movimientos si es que entra y pasa ese último molinete. Llegó el momento, tu amigo desconocido pasó los cacheos, camina rápidamente para el molinete pero no entra, queda quieto, se demora, mira y charla con un seguridad ¿¡Què pasó, la puta madre!? Es lo primero que te sale de adentro pero, ¡tranquilo, amigo!, solo era un sistema caído y lo mandaron para el otro acceso. Una vez que apoya el carnet y recibe la luz verde con el sanador “avance”, te alegrás por èl y mientras ves su espalda con la casaca versión Boca 2000 y ese Quilmes semi borrado y gastado subiendo las escaleras, empieza tu momento de acción.

¿La hago corta? Entraste sin problemas. Todo fue un asunto de tu cabeza que se persigue. Está todo bien, loco. Ya depositado en la popular, te reís de todo, te sentís invencible, bailas con movimientos toscos y torpes, cantás las canciones, lees cualquier folleto que lleve tu escudo, vas chequeando el lugar que será tu espacio por 90 minutos, te fumás un pucho, tenés poca guita pero te comprás una hamburguesa (con precio salado) y la morfas mirando las tribunas. Tardás casi 30 minutos en liquidarla, ya que querés disfrutarla y, encima, tiene “olor a cancha” o quizás, no gastás nada y te guardas todo para la “lija” que tendrás post partido. Además, ya deboraste un chori en la previa caótica hacia la tribuna y sos consciente que la comida es más rica y barata “arafue” que adentro.

Comienza el partido y vos sos Boca. Vos sacás del medio, vos defendés, vos atacas, vos atajas y vos dirigís. Lo estás jugando y transpirás de la misma forma que safaste los controles…

Vos alentás, vos sos Boca.

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Angel Appella

Periodista. Relato al Viejo #Boca vencedor

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