¡Nada más lindo que ganar a lo Boca!
Otra historia de Cabeza de Boca

En la previa era un partido muy ganable. Promediando la primera rueda del campeonato Huracán iba penúltimo en la tabla, haciendo ya cuentas con el promedio y Boca venía en plena racha triunfal arrimándose a los primeros puestos. Ojo, no le sobraba nada al equipo de Don Alfredo Di Stéfano que hacía de la lucha grecorromana un culto en cada pelota dividida. Con gladiadores de estilos diferentes pero todos compenetrados en un único objetivo: lastimar a cualquier rival que pasara cerca del área propia. Será por eso que la zaga boquense aquella tarde en Parque Patricios no daba lugar a segundas lecturas. Allí estaban parados en línea esperando el pitazo inicial y sedientos de sangre el Plumero Gómez, Tata Brown, Roberto Passucci y el Ruso Hrabina. Listos como siempre pero con un condimentos extra. La lluvia torrencial que caía desde la noche anterior sobre Buenos Aires había hecho del campo de juego un verdadero barrial. O sea que estaban todos los condimentos necesarios para que sea un gran domingo. Y de verdad lo fue.
Hay que decir que arrancó mejor el local con un joven Claudio Cabrera manejando los hilos y adueñándose del mediocampo. Pero más por defecto de Boca que por otra cosa. No es por quitarle mérito al Globo pero son cosas que suelen pasar cuando tenés un solo mediocampista de marca como el Vasco Olarticoechea y después todos tipos lanzados en ataque: Tapia, Irazoqui, Graciani, Centurión y el Tuta Torres. ¿Marcar? Adónde vamos no necesitamos marcar (?). Un error no forzado que iba a quedar en evidencia de entrada pero principalmente a partir de que el Turco García empujó un córner debajo del arco del Loco Gatti. Boca perdía uno a cero y no agarraba una pelota. Panorama complicado.
El campo de juego no ayudaba a pasarse la pelota entre compañeros del mismo equipo así que mucho menos permitía avanzar tirando paredes. Era muy difícil hacer pie en medio de tanto barro. Pero tozudo como pocos, aquel equipo de Di Stéfano se las ingenió para hacerlo. Así pasó que un avance de Irazoqui con pelota dominada fue cortado por una barrida temeraria del Colorado Suárez dentro del área, ex gloria xeneize que aportaba de esta manera su granito de arena a la causa. Penal cobrado por Teodoro Nitti pero desperdiciado por Centurión, el segundo consecutivo fallado de los tres que iba a errar en pocos días.
Terminó el primer tiempo y aunque parecía imposible, llovía más fuerte que antes. Momento ideal para que la retirada de los jugadores de Boca sea acompañada por una hermosa estrofa que bajaba desde la cabecera visitante. Una poesía hecha canción repleta de esperanza. En definitiva, una declaración de principios que fue gritada durante todo el entretiempo en medio del temporal:
Vamo’ vamo’ xeneize (x4)
yo no soy gallina, yo no soy vigilante,
yo soy hincha de Boca
porque tenemo’ aguante (x2)
Paradojas del destino, la salida del equipo al campo de juego para jugar el segundo tiempo mostraba un volantazo bastante polémico. Boca perdía uno a cero y entraba Ivar Stafuzza en reemplazo de Graciani. Cambio que parecía ir en dirección contraria a la búsqueda del empate. Pero así de misteriosas son a veces las señales que nos pone la vida por delante.
Hay que decir que con Ivar embarrado hasta las orejas metiendo duro y parejo en mitad de cancha Boca se acomodó mucho mejor. Pudo cortar el circuito de Huracán, hubo más recuperación de pelotas y eso dio la posibilidad de empezar a arrinconar de a poco al local contra su propia valla. Había luz al final del túnel.
Emocionaba la lluvia, emocionaba Quique Hrabina barrenando en cada cruce y emocionaban los paraguas en la popular saltando al compás de la gente que empujaba al equipo. El espectáculo era conmovedor pero faltaba un pequeño detalle: empatar el partido. No había que perder en Parque Patricios esa tarde. Para no perderle el tren a los de arriba pero también, imposible negarlo, para no tener que pagar una caja de alfajores al otro día en el primer recreo. Apuestas hechas con el corazón y sin medir consecuencias cuando uno tiene once años. Los minutos pasaban y no había noticias de ese gol salvador tan necesario. Con un agravante. En el banco de suplentes no iba a estar la solución porque quedaban un arquero y tres defensores. Las cartas estaban echadas.
Pero por suerte sonó el pitazo final y los jugadores boquenses completamente embarrados se abrazaron en mitad de cancha para festejar el triunfo. Levantaron los brazos saludando a su tribuna confirmando una vez más que no hay mejor foto que esa. ¿Qué pasó en esos últimos minutos para un cierre tan maravilloso? Pasó que en tres minutos, primero un cabezazo de Passucci y luego un bombazo del Vasco Olarticoechea dieron vuelta el partido cuando ya casi no quedaba tiempo. Un triunfo agónico, dramático y lleno de barro. Bien a lo Boca. Un triunfo ideal para agigantar la leyenda xeneize y para que la ilusión de aquella buena campaña siga firme. Y también, hay que reconocerlo, una victoria ideal para que un chico de once años vuelva a su casa mojado de pies a cabeza, envalentonado y pensando en su próxima apuesta para la fecha siguiente.



