A lo Boca
Molesta, duele, irrita…pero Boca se quedó con un triunfo Monumental con las armas que llevó adelante toda su vida: lucha, inteligencia y -sobre todo- mucho corazón. Ahora, a disfrutar la victoria más linda de todas

Hay muchas particularidades que definen una victoria con el sello de la impronta xeneize. Por ejemplo, se utiliza cuando Boca gana un partido sobre la hora o cuando lo hace con un jugador menos y en muchas situaciones más. Pero ninguna se compara a llevarse los tres puntos del Monumental dejando la sensación de haber sorprendido a propios y extraños y -lo que es aún mejor- escuchar los lamentos rivales posteriores argumentando merecimientos mayores. Miel para los oídos del hincha, que ayer se fue a dormir con el corazón explotado de alegría por la victoria y orgullo de haber visto un equipo que lo representó en la cancha con mucha actitud y con el fútbol suficiente para marcar el gol decisivo y haber sostenido el resultado bastante lejos del arco propio.
Caminé por Figueroa Alcorta varias cuadras en la previa muy atento a los diálogos de los hinchas de River: algo preocupados por Benedetto pero confiados en que su líder Gallardo tendría alguna “sorpresa” entre manos luego de haber confirmado el once titular más de 48 horas antes del inicio del partido. Y, sobre todo, sabiéndose infinitamente mejores que su rival. Ese espíritu de inferioridad que se instaló en el ambiente durante las semanas anteriores al clásico (atenuado en parte por el triunfo de Boca ante Estudiantes en la fecha pasada), me recordó inevitablemente a tiempos donde no había clásico en que Boca se instalara como candidato, donde River no llegara deslumbrando con su fútbol completo en la previa…y que los tres (o dos) puntos terminaran siempre en el mismo lado. Como en 1993, cuando hasta el Profesor Habegger se fue victorioso del Monumental. O en los años previos a la llegada de Bianchi, cuando el River multicampeón de Ramón solo se llevó empates de los clásicos aún con todas sus figuras ante formaciones de Boca que podían perder partidos insólitos pero darle esa alegría a la gente en cada campeonato.
Mi generación creció ganándole a River. Siempre. Es la costumbre más saludable que puede existir, alinea todos los planetas. Son tiempos de otra realidad tal vez, pero siempre hay un testigo, un protagonista que entiende y transmite la importancia de la camiseta, que sea cual fuere siempre estará impregnada de la historia xeneize. Esa experiencia dirá que hay una tradición, una costumbre. Sacar todos los problemas de contexto antes de jugar con River. Y ganarle. La explicación es simple: se construyen equipos, se planifican temporadas, se renuevan planteles, cuerpos técnicos y se triunfa o fracasa de acuerdo al año deportivo. Pero los clásicos son partidos aparte, y si se ganan, no hay lugar para ninguna pálida por unos cuantos días. Analizaremos toda la semana las virtudes y los defectos del equipo, pero el resultado está sellado ya a fuego y es el que necesitábamos tener. Veremos mil veces el gol de Villa y lo reconoceremos como reconocemos tantos hitos en ese estadio donde Boca está muy habituado a festejar.
Y cuando nos pregunten si nos acordamos el día que les ganamos con la camiseta amarilla, vamos a tener a mano la misma respuesta de siempre: que les ganamos a lo Boca. Y perdón que me apropie de la frase insignia de mi amigo Claudio Auciello. Pero está más que claro que, a lo Boca, se vive y se gana mucho mejor.



