El que a hierro mata, a hierro muere

Escrito por el 26 noviembre, 2018

Partido de vuelta de la Copa Libertadores. Juegan los dos equipos más importantes de la Argentina. Estadio lleno, transmite en vivo y en directo la cadena Fox Sports y organiza el torneo la Conmebol. El Ceo de la TV es fanático confeso de River y el presidente de la Conmebol es un hombre de nacionalidad  paraguaya.

Un mediocampista del elenco visitante, nacido en la provincia de Santa Fe (Argentina), quien hizo las divisiones inferiores y debutó en la primera división de Newell´s Old Boys de Rosario, quien llegó al equipo que representa desde la liga Española, quien es titular y referente en su institución, quien jugó en la selección nacional argentina, cuyo apellido empieza con la letra P, fue agredido por simpatizantes del elenco local, provocándole una úlcera en la córnea de uno de sus ojos. No está en condiciones de jugar y debe guardar reposo deportivo por más de 48 horas.

El lamentable y repudiable episodio se dio dentro de los términos y alcances previstos por el artículo 8, inciso 2º del Reglamento de la Conmebol.

A poco que uno lee lo antes escrito, no puede determinar –a ciencia cierta, siquiera hipotéticamente- si el jugador herido por la parcialidad rival al que antes me referí es Leonardo Ponzio (primer caso, año 2015) o Pablo Pérez (segundo caso, año 2018). Sólo adivinando podría deducirlo pues los hechos, alcances y las consecuencias de los mismos son exactamente iguales.

Ahora bien, si la reglamentación es la misma, ¿Cuál es la explicación para no aplicar el mismo criterio? Ninguna. Existiendo un antecedente muy reciente y “al dente”, no hay motivo de hecho ni de derecho para apartarse del mismo. Pero aún así lo hubo.

Repasemos: tras la lesión de Ponzio y Funes Mori –entre otros-, el Tribunal de Disciplina de la Conmebol determinó la suspensión definitiva del partido, siendo eliminado del torneo el elenco local y agresor. El agredido pasó de ronda sin completarse la llave. Tras la lesión de Pérez y Lamardo (quiénes serían hospitalizados en forma inmediata, lo que agrava los hechos) –entre otros-, la Conmebol decidió prorrogar una hora el inicio del cotejo. Es más, luego que los jugadores Xeneizes mencionados fueron trasladados al Hospital Otamendi (que a la postre fueron atendidos por un especialista en la materia, otra diferencia con el primer caso), la Conmebol determinó que el encuentro debía comenzar a las 19.15 horas. Y más adelante lo pasó para el día domingo, a la misma hora que la inicialmente convenida. Es decir, la Conmebol tomó la misma decisión que en el partido de ida. En ambos casos hubo lluvia: en la Bombonera fue la lluvia caída del cielo y en el segundo caso fue la lluvia de proyectiles y gases.

Agreguemos más datos: en el primer supuesto el presidente del elenco visitante (mostrándose con el pope de la TV) ingresó al campo de juego del elenco rival. No conforme con ello, aún sin encontrarse citados, representantes del club agredido se apersonaron en la Sede de la Conmebol (sita en Paraguay) y lo hicieron antes que los representantes de los agresores. En el segundo caso, según mostraba y se comentaba en la TV, la reunión la llevaron a cabo el presidente de cada club, el Sr. Santilli (hijo de un ex presidente del elenco local), el Sr. Burzaco (hermano del ex pope de Fox Sports, hoy preso, antes invasor del campo de juego), entre otros. Por la Conmebol intervino su presidente, el Sr. Domínguez, cuya hija y algunos allegados (tal vez familiares) lucían orgullosos la camiseta del elenco local en la red social Instagram, mientras en paralelo proliferaban las imágenes de robos en la zona del estadio, con trifulcas, peleas cuerpo a cuerpo y corridas que llevaron hasta el propio presidente del elenco local a resguardarse mientras daba una nota en vivo para la cadena dueña de los derechos de la TV.

Es más, en ambos casos no hubo incidentes que lamentar en el primer encuentro de cada llave (salvo la vergonzosa e indefendible actuación del referí Delfino en el primer caso). En el segundo caso, simpatizantes del elenco visitante llevaron a cabo un banderazo en un entrenamiento, siendo nuevo récord mundial de convocatoria por parte de un equipo y, ciertamente, ambos equipos fueron acompañados por sus parcialidades al estadio visitante hasta donde las fuerzas del orden autorizaron en cada supuesto. Llamativamente, el entrenamiento con público implicó la clausura de la Bombonera mientras que las agresiones a los jugadores de Boca y los hechos de violencia dentro y fuera del Monumental dieron lugar a una clausura simbólica y de pocas horas.

Y por último, no podemos olvidar que previo a jugarse la llave del segundo caso, los cuatros semifinalistas de la Copa suscribieron un convenio de Fair Play que una institución no cumplió bajo ningún concepto. No lo hizo en la instancia precedente ni lo cumplió en la actual.

Saliéndose de los hechos (en cuanto a las consecuencias fueron iguales, por más que se los quiera diferenciar), bueno es comprender el origen del acudir al escritorio como método de disputar los encuentros y las consecuencias nefastas del mismo.

Y el puntapié no es otro que el primer supuesto antes descripto. Ese día, la Conmebol determinó quién es ganador y quién es perdedor sin importar lo que ocurre dentro del campo de juego. Sin terminar el partido. Abrió un camino del cual no parece haber fin, y sus consecuencias son cada vez más complejas y hasta impredecibles. Nada bueno se avizora.

Efectivamente, con motivo de habilitar -sin pautas ni límites- el escritorio, y aprovechando el desorden y/o desorganización del ente organizativo, en esta Copa han sobrado los reclamos administrativos ajenos al campo de juego. Esta proliferación de reclamos se empeora por la falta de criterio del Tribunal de Disciplina. Ya destacamos el caso Boca River 2015/2018 (al menos hasta ahora, pues el elenco Xeneize ya promovió el reclamo formal, que se resolverá el día martes), pero podemos adicionar como Temuco (Chile) y Santos (Brasil) perdieron sus encuentros por la indebida inclusión de un jugador, mientras que River esa sanción no lo ha sufrido. Cómo a un jugador expulsado le anularon la expulsión, pudo volver a jugar y encima fue nuevamente expulsado. Cómo dos jugadores fueron expulsados por una gresca generalizada en el torneo anterior, siendo sancionados con cinco fechas de suspensión pero a uno de ellos le redujeron la pena y terminó jugando contra el equipo del jugador que no recibió esa misma reducción. Cómo nunca ha sido claro quién debe o no debe fechas de suspensión, quién fue sorteado para el control antidóping, cuando ello debería ser público para que absolutamente todos sepamos lo más elemental. En el caso River, en tres de las cuatro llaves sus rivales le han abierto expedientes (Racing, Gremio y ahora Boca Juniors), un record que vino a superar –en cantidad- a los dos dópings positivos del torneo anterior. Y todo dentro de este mismo torneo cuya final fue las dos veces prorrogada (mejor dicho, hasta su fecha inicialmente fijada fue modificada, cambiando su histórico día de disputa por intereses ajenos al balón), con las particularidades que antes indicara.

Este caos organizativo, dónde el derecho es de partes, donde las normas se aplican según quién denuncie o quien sea denunciado, comenzó con la nefasta decisión de 2015. Ese día Conmebol (y River, claro está, imposible es separarlos) han clavado un puñal en el corazón del deporte más lindo del Universo.

Ese puñal viene haciendo desangrar al fútbol desde ese entonces. Todo es duda, todo se cuestiona. Todo se relativiza. Nadie habla de fútbol. Los partidos terminan una vez transcurridas las 24 horas del silbato final del referí. Insólito e inaudito. Negar ello es no comprender el problema. Es entonces ser parte del mismo. No soy ingenuo, puede ser para beneficiarse con el problema a costa de la pasión y el amor por este deporte.

Esa sangre no sólo se ve en la violencia vivida en Chile (Temuco San Lorenzo), la vemos también cuando el experimentado director técnico de Palmeiras (el mismo día que su equipo se consagró campeón en Brasil) pide que River sea eliminado, cuando el técnico de Gremio (último campeón de la Copa Libertadores) diga que lo robaron y hasta cuando vemos que de cuatro finalistas que asumen el fair play, uno hace lo que quiere y encima lo hace sin sonrojarse (por caso, Gallardo, DT de River, incumple con una sanción y avisa que lo volvería a hacer).

La Conmebol tiene una chance única de darle un mínimo de seriedad a su gestión (cuya predecesora, en parte, está encarcelada). Y de poner fin al escritorio. De mostrarse objetiva y transparente. De verse confiable y predecible. De ser lógica y consecuente. De mostrar ética y fair play. O podrá seguir con este circo, con el “show must go on”, cuyo destino no parecería ser bueno ni agradable, dónde se siga habilitando el vale todo sin importar la salud ni integridad física de los jugadores ni de los espectadores. Puede arrancar de cero o puede sostener esta pelota cada vez más manchada.

Por un lado tiene un antecedente idéntico del que no puede salirse. La literalidad de la norma y la equivalencia de los hechos y consecuencias no admite dudas. Ello, para cualquier persona de derecho, debería ser más que suficiente. Resolver y actuar de forma semejante, conforme jurisprudencia propia

Pero por el otro lado, tiene una oportunidad histórica de poner las cosas en su justo lugar. Como dijera, para arrancar de cero. La forma es aplicar la vía administrativa (porque así lo merece, como es público y notorio, no por capricho o antojo) a quien abrió esta forma de disputar encuentros en los escritorios. Es darle sentido al karma. Como dice en la Biblia (en el Evangelio según San Mateo), “quien a hierro mata, a hierro muere

 

 

 

Abogado. Periodista. Escribí Los verdaderos Mellizos de la Boca y  Mística 2000. Integrante de Asados Bosteros. Escribo para Cadena Xeneize. 


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