No llores por mí, Xeneize
Una tarde-noche en la tierra del fernet, de la birra, del ritmo cuartetero que retumba en el pecho, hacía presagiar un futuro de disfrute. Un gran baile que venía desde las tribunas y terminaba fundiéndose en el campo de juego.
La emoción de esa masa humana que se desplaza a un ritmo cardíaco frenético, casi arrítmico, buscando su sediento aliento en busca del amor xeneize. Y como siempre, se hizo presente en el barrio de Château Carreras.
Ni la lluvia ni las piedras podrán detenerlos, porque la pasión es el mejor antídoto contra el mal tiempo.
«En todas partes vamos a estar, esta es la barra de Boca», retumbaba en un Mario Alberto Kempes con su campo mojado y resbaladizo.
El partido, con atraso comunicacional, dio inicio. Y en poco tiempo «la gloria» dejó en claro el problema eterno que padece Boca Juniors: el mal de las alturas, ese vértigo cada vez que la pelota toma alto vuelo.
De esa jugada viciada vino el gol de Instituto.
Boca debía luchar no solo contra el glorioso, sino contra esa mitad menos uno que grita más los goles que le hacen a Boca que los suyos propios.
Y en momentos así, ¿quién podría salvarlos?, pensaron los bosteros. En estos momentos de grandes injusticias solo se necesitan héroes. Mientras el partido se desarrollaba, las ilegalidades siguieron, amparadas por un aparato mediático que apoya todo lo que esté en contra del club de la Ribera.
Las faltas violentas, otro gol más viciado de nulidad, hasta el ridículo de un jugador que recibió dos amonestaciones sin ser expulsado.
Ante tantas injusticias, solo un par de vengadores podría empatar la contienda. Y ahí apareció un astuto Superman Valencia, después de un error garrafal de Ledesma y sus amigos. Y la Bestia Uruguaya, que alcanzó al gran Jorge «Comitas» Comas como goleador histórico.
Todo parecía encaminarse a una remontada a lo Boca, como tantas otras gestas. Pero la lluvia y el frío de esa noche mediterránea…nos desgarraron el corazón a todos los Xeneizes.
En una jugada atípica, al girar y dar un pase, Leandro Paredes, el Campeón del Mundo, sintió que algo no andaba bien en sus isquiotibiales. «Sentí un pinchazo», dijo al pasar. Mientras los hinchas sintieron que era más que eso.
Era la desilusión de un niño que pierde a su juguete más preciado.
La ausencia que te hace perder la fe.
La falta que te hace perder el ego interior.
La carencia de no saber cómo seguir.
El vacío de no querer continuar.
Las lesiones musculares nos persiguen como sombras que al final nos atrapan y dejan al equipo diezmado. A medida que el campeonato sigue su curso, perdemos un jugador tras otro.
Pero Boca se va a levantar y va a luchar desde la grandeza de su gente, y desde la convicción de un técnico que piensa en el grupo todo, para poder suplir al más importante.
Porque nunca lo olviden: todos somos más que uno.
Somos Boca, el equipo de la voluntad indomable.




