Flores de primavera xeneize
La Luna se asomó para poner un poco de claridad e iluminar la mítica Bombonera de Buenos Aires. Pero no todo fue poesía en la noche: también hubo un partido de fútbol que dio inicio bajo el aliento característico de Boca. «Mi buen amigo, esta campaña volveremos a estar contigo…»
Ese bramido era tan intenso que parecía detener el viento y atenuar el frío de la noche. Salía con fuerza de lo más profundo de la pasión, de ese sinrazón que solo se vive en nuestro templo.
El partido ya estaba ganado desde afuera; ahora quedaba jugarlo. Del otro lado, una Unión de rivales esperaba atenta, intentando conquistar este estadio que es la casa de todos los Xeneizes.
-El Vasco, la tensión y la «hormona del gol»
Los minutos se hacían eternos y el bendito gol —ese que activa la famosa hormona de la felicidad— no se hacía presente. La ansiedad y la inquietud empezaban a apoderarse de las tribunas, que para autocalmarse cantaban y cantaban sin parar.
El reloj metía más y más presión. Y ahí estaba el mismísimo Vasco Arruabarrena, empujando a sus jugadores con su mano en vaivén en una sola dirección: ¡adelante!. Una y otra vez, hasta dejar la última gota de sudor en la cancha. Porque en Boca, ganar no es lo más importante: es lo único que importa.
La precisión quirúrgica del Capitán
La pelota eligió su destino en un córner. Sabía que iba a estar en las mejores manos, o pies, que para ella es casi lo mismo. La precisión de ese centro fue casi quirúrgica.
¿De quién podríamos hablar sino de Leandro Paredes, el capitán que es siempre figura, aunque no sea la figura? Su imagen, la del campeón del mundo, es tan fuerte que a veces es difícil «ver» al resto.
De esa pelota parada se reflotó la vieja y gloriosa fórmula de este nuevo Boca vencedor: centro de Paredes y gol de Di Lollo. El gigante del área «vaciló», se burló de cada uno de los defensores y salió con la boca llena de gol, de cara al jugador número 12, despertando la euforia masiva de esa apasionada y única hinchada. Esa que no sabe lo que es estar en silencio, ni en el entretiempo, ni cuando finaliza el partido.
La orquídea nocturna: Leonel Flores y el éxtasis bostero
El segundo tiempo arrancó con menos niveles de adrenalina, porque el ansiolítico del primer gol ya había hecho efecto. Pero esas 58 mil almas estaban sedientas de una noche de goce absoluto.
Y la Luna, expectante y sin perderse nada, fue testigo casi privilegiado del florecer nocturno de una estrella. Leonel Flores se abrió, tal como lo hacen las orquídeas durante la noche. Después de un centro pasado, acomodó su pie derecho y marcó una parábola perfecta hacia el segundo palo.
El gol ya estaba consumado, solo faltaba recibir el baño de gratitud de una Natalio Pescia que se derrumbaba a sus pies. Flores abrió su magia en una noche donde esa Luna, que corría las nubes para no tapar las jugadas, jamás olvidará aquella ovación interminable que se extendió por todo el barrio y más allá.
Y para aquel distraído que, por un mensaje amoroso o un llamado fisiológico inoportuno, se perdió esa obra maestra… el pibe repitió casi exactamente la misma jugada. Hizo que la noche entrara en éxtasis total. Ese éxtasis que solo los bosteros podemos vivir y contar, con sus altos niveles de hormona de la felicidad derramándose por horas y días.
Boca es el refugio: La dicha que mitiga las penas
Esta sonrisa fácil que nos regala Boca sirve para esconder penas y penurias. Es esa sonrisa que infla el pecho cuando caminás por la calle, la que te deja dispuesto a cargar al que se te acerque, aunque solo sea para preguntarte la hora.
Boca te da dicha, te da alegría. Esa que mitiga las crisis y los bolsillos flacos. Esa que te hace olvidar deudas y malas decisiones. Esa que mitiga la tristeza y espanta la depresión.
Allá van esos locos lindos caminando por las legendarias calles de La Boca, testigos silenciosos de una gesta más. Allá van, comentando entre mate y mate que en una oscura noche, bajo la luz de la luna, vieron florecer una estrella llamada Leonel.





