El triunfo siempre estuvo cerca y era verdad

Los truenos, los rayos y el agua pintaban un domingo oscuro y sombrío.

La ciudad de los Juegos Sudamericanos nos castigaba con un olímpico, casi sin haber jugado o, mejor dicho, habiéndolo hecho durante muy pocos minutos.

Esas cosas del destino que nunca entenderemos.

La derrota estaba consumada. Por segunda vez y por un error nuestro, repetido, veíamos cómo Maravilla Martínez, ese delantero que siempre nos complica, nos dejaba en una situación extrema.

La derrota estaba consumada.

Esta vez, a orillas del río Paraná, lejos de la Vuelta de Rocha, con el Riachuelo como testigo de aquella tarde olvidable del recordado cambio de Zeballos.

La derrota estaba consumada, cerca de donde José de San Martín regó el campo de gloria. Allá donde Manuel Belgrano nos dio el emblema patrio que tanto amamos.

La derrota estaba consumada y los soldados desconcertados se miraban unos a otros.

Ni el gran capitán, Leandro Paredes, tenía alguna alternativa para el plan de batalla, aun a pesar del ruido exterior de los redoblantes que marcaban el paso de los guerreros para que nunca se detuvieran ante nada ni nadie.

La derrota estaba consumada.

Ni el grito de apoyo del Vasco Rodolfo Arruabarrena, que arengaba una y otra vez para levantar a sus jugadores, surtía efecto alguno.

La derrota estaba consumada, mientras el grito sostenido de los hinchas continuaba hasta el último aliento, convirtiéndose en la única esperanza.

Esa esperanza que hace de este club el más grande de todos.

Ese que nunca teme luchar.

Ese que, en los momentos más difíciles, le da paso al viejo Boca vencedor.

Como alguna vez José de San Martín y Simón Bolívar aunaron fuerzas junto al chileno O’Higgins y el ecuatoriano Antonio José de Sucre y nos liberaron de los realistas.

En esta situación delicada y límite íbamos a necesitar de más héroes.

La derrota estaba consumada.

Hasta que apareció el ecuatoriano Enner Valencia, quien, con la ayuda del chileno Carlos Palacios Núñez, escribiría otra historia.

La derrota estaba consumada, hasta que con ellos en cancha la épica batalla en el Gigante de Arroyito pasó a ser un triunfo heroico, grandioso y memorable.

Esa batalla, a orillas del río Paraná y el arroyo Ludueña, será recordada por años y años.

Por los soldados caídos al comienzo, devenidos en héroes al final.

Ellos convirtieron esos nubarrones y esa lluvia que casi fue diluvio en un Febo que asomó y que, con sus rayos, convirtió a Enner Valencia en el majestuoso triunfante de aquella lucha.

El silbato resonó fuerte en la cancha.

Los jugadores de Racing se dejaban caer, desconcertados, sin poder creer lo que habían vivido. Casi no hubo reclamos ni peleas finales, algo habitual en estos tiempos.

Los hinchas xeneizes invadieron el campo, exultantes, queriendo demostrar cuerpo a cuerpo el amor por esta camiseta.

La derrota ya era pasado.

El triunfo siempre estuvo cerca.

Mientras los jugadores, enormes guerreros, se retiraban al vestuario, los hinchas salían cantando, con sus pechos inflados de felicidad.

Salieron y bebieron tanto, disfrutando tanto, mientras se replicaba una y otra vez en sus mentes ese gol del final.

El gol del desahogo.

El gol de la victoria.

Y era verdad.

Y era verdad.

No me quiero despertar de este sueño de tierra de héroes de la Patria Grande.

Díganme, por favor, si era verdad.

Ruben Mingroni

La medicina y Boca Juniors son mis dos pasiones. Papa x 2. Columnista de medicina en Cadena Xeneize.

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