Una tarjeta roja criminal que todavía duele

Fue cuestión de bajar rápido las escaleras y ganar la calle lo más rápido posible. Era clave ahora meter un trote sostenido para dar todo el rodeo y salir a Rivadavia. Venía la parte más importante: aprovechar esos minutos antes de que la marea humana que llevó Boca a Liniers esa noche, cope la calle. Y después, tal vez, lo más difícil de todo, porque ya dependía del azar. Que venga rápido el colectivo de la línea 2, del que me iba a bajar, tras un par de días de viaje (?), en Belgrano y Bolívar. Bueno, nada de eso pasó. No solo el 2 no vino nunca, sino que a medida que empezaron a pasar los minutos, la tribuna de Juan B. Justo entera parecía haberse trasladado a esa parada de colectivos.

Ojo. En otro contexto, aquella era una hermosa noche de verano. Perfecta para disfrutar al aire libre, dejar toda preocupación de lado y mirar las estrellas sin detenerse a pensar que Aimar ponía a Marchesini de volante. Pero la realidad era muy diferente aquel 16 de febrero de 1990 en esa parada de colectivos. A Boca le habían empatado un partido imposible tras ir ganando 3 a 0 en el primer tiempo. Una tragedia con actores protagónicos y roles secundarios bien definidos. Pero una tragedia que a esa altura ya no tenía arreglo y que sólo podía empezar a dejarse atrás de una sola manera: subiéndose a un colectivo que no venía nunca.  

Cuando allá a lo lejos apareció la figura del colectivo, que no era el 2 sino el 1, línea de transportes que une la estación de Morón con Primera Junta, hice rápido las cuentas y no dudé. Me tenía que subir y empalmar más adelante otra cosa. Lo importante era salir de ahí lo antes posible y empezar a enterrar para siempre esa noche. Si es que era posible.

El colectivo paró y fuimos seis o siete los que empezamos a subir lentamente. Momento que fue aprovechado por un verdadero malón para abrir la puerta de atrás y llenar el bondi en cuestión de segundos. Una picardía que el señor colectivero, un señor que insultaba en una especie de dialecto italiano, algo pelado y entrado en años, decidió no dejar pasar. Al punto de jugarse casi la piel en lugar de hacer la vista gorda, poner primera y arrancar. Cuando vio que su orden de que bajen todos los colados recibió como respuesta algunos chiflidos, hizo tres movimientos. Giró la llave para apagar el motor, sacó un cuchillo tipo tramontina de su cintura, se paró y amagó encarar entre la gente. Todo eso mientras lanzaba al aire dos estiletazos que convencieron inmediatamente incluso a los más rebeldes. Creo que a esa altura ya nadie puteaba por el empate de Gareca sobre la hora, sino que había muchas ganas de agradecerle a Dios por ese milagro maravilloso que es la vida (?).

Pasado el sofocón y hecho el trasbordo del colectivo 1 al 2 en Primera Junta, la caminata final hasta el Parque Lezama fue más que suficiente para autoflagelarse ya no con el 3 a 3, sino con una imagen igual de dolorosa. Claudio Leonardo Rodríguez, camiseta número once y expulsado por treparse al alambrado para festejar su gol, había dejado el campo de juego llorando y tapándose la cara con sus manos.

 

Nacido en Santiago del Estero en febrero de 1969, la Rata Rodríguez había jugado esa noche en cancha de Vélez apenas su sexto partido en primera división. Puñado de presentaciones que ya le había alcanzado para ser ídolo de los niños y de los no tanto. Su fierrazo contra el arco de Juan B. Justo que se desvió apenas en el Cholo Simeone y descolocó al Pato Fillol, era su cuarto gol en Boca. O sea, cuatro goles en seis partidos. Pavada de arranque para un juvenil de veintiún años surgido de las inferiores, que trataba de ganarse un lugar en una delantera en la que podían alternar pesos pesados como Latorre, Perazzo, el Coya Gutiérrez, Graciani y Barberón.

La Rata Rodríguez causó sensación desde el vamos. Y desde el vamos significa nada más y nada menos que la tarde de su debut. Un partido contra Gimnasia en la Bombonera en el que ingresó por Soñora en el entretiempo y marcó el descuento sobre el final. Una derrota llena de suplentes, tres días antes de ganarle la final de la Supercopa a Independiente en Avellaneda. 

De contextura pequeña, ágil y escurridizo, su juego era siempre por las puntas. Y aprovechando al máximo sus minutos en cancha. Hay que decir que uno veía que entraba la Rata y automáticamente comenzaba a flotar una sensación de peligro en el área rival. Algo que no es poca cosa para un delantero.

Sin el glamour de los peinados de Tilger ni la estampa de crack de Raúl Andrés César, por nombrar otros valores juveniles de la época, la Rata iba encorvado y medio desarmado en cada desborde. Pero iba y exigía. Con un plus: le agregaba una cuota de sacrificio enorme en el retroceso. Nada de quedarse mirando la espalda de los rivales sin pasar la línea de la pelota. Un cóctel de cualidades que, en teoría, le auguraban un futuro próspero. Un futuro que pareció apagarse aquella noche en Liniers, tras la roja criminal (?) que le mostró Demaro y todavía duele. 

Una roja que fue motivo de debate nacional durante semanas y se convirtió en tema de conversación en cada lugar donde se hablara de fútbol. Una expulsión que quiso ser un puñal en el corazón de cada uno de los que habíamos hecho de la Rata Rodríguez una bandera. Una bandera repleta de ilusión y esperanza. Pero ese puñal no pudo doblegarnos. Esa herida, hoy ya cicatrizada, queda como testigo de algunas hazañas bien merecidas. Acaso, ¿quién no soñó debutar en la Bombonera y hacer un gol? ¿Quién no fantaseó que una noche de verano el Bocha Ponce tire un centro, Itabel meta un cabezazo en el palo y el rebote te quede servido de frente, para fusilar a Fillol y poner a Boca tres cero arriba? Y que a ese sueño se le sumen otros. Que detrás de ese arco esté el Jugador Número 12, imponente de punta a punta, para poder salir corriendo y festejar el gol, colgándose del alambrado, de frente a la gente.

Y que si ese sueño, de repente se transforma en pesadilla por culpa de un tipo vestido de negro, el destino te haga dos últimos regalos. Que venga a consolarte con un abrazo Claudio Marangoni y que mientras te vas al vestuario expulsado, tratando de esconder las lágrimas, todo el estadio te despida con una ovación.

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