Antes de la resignación

Boca perdió sin atenuantes y Russo no puso excusas. Cuánto duele y qué sigue ahora que solo vemos el vaso vacío

Hay dos tipos de derrotas: están esas que duelen de injustas y de increíbles y también las otras: esas sobre las que poco se puede hacer para torcer el inevitable destino, las que dejan a un optimista como Miguel Ángel Russo sentado mirando a la nada como anoche el Vila Belmiro. Desde el lugar de hincha, la primera duele más, mucho más. No me vengan con que la próxima será porque en mañanas como las de hoy no hay próxima, es todo desesperanza. Es un consuelo, entonces, saber que se estuvo lejos de dar la talla. Que el equipo no merecía más de lo que logró. Eso desde el lugar del hincha. Ahora vamos al equipo, y a los responsables del mismo, que en el caso de Boca sí tienen de qué preocuparse.
Boca desnudó ayer toda su falta de jerarquía para clasificarse a la final de la Copa Libertadores. Lo hizo recibiendo una goleada suave para lo que mostró en la cancha durante el segundo tiempo. Poco se puede reprochar del equipo puesto en cancha por el DT, a sabiendas de lo que mostró en casi todo el ciclo y de las ausencias inevitables. Si le faltó agresividad para buscar ese 1-1 tan simple pero lejano hoy es pensar en contra de lo que se conoce de este ciclo. Boca sabe ir al frente, pero mucho más sabe jugar al ajedrez. Y así se quedó con duelos clave. A eso apostó Russo hasta que con una chispa se le quemaron todos los papeles jugados tan solo cinco minutos del complemento. Duele, sí, revisar jugadas del final del PT donde Santos se mostraba como un equipo endeble y que invitaba a Boca a intentar algo más. Ni se llegó a eso. Los cambios del ET fueron simples ajustes de tuercas, fueron en realidad los cambios que sobran,  “aprovechar” que son cinco y cambiar figuritas en el ET para después sí, con el partido largo ir reavivando el fuego de ataque con el potencial que había en el banco. Pero el DT, sabio, eligió ni siquiera explicar para evitar el oportunismo de quienes gustan de dirigir equipos desde la comodidad y el anonimato de su sillón.
La falta de jerarquía, sin embargo, se ve en los mejores jugadores del equipo. Salvo Tevez que cambió su lugar en la ecuación respecto de donde estuvo en las últimas eliminaciones, los jugadores más destacados por el hincha y por la prensa estuvieron lejos de dar confianza y mucho menos el salto de calidad que justifique su destacado lugar en Boca. Yendo en estricto orden de formación, hay que arrancar con el arquero: ya se dijo que no ha tenido aún esa actuación en un gran partido que lo ubique como “grande”. Ayer ni siquiera eso: todas fueron adentro, más una al palo, hasta que se puso un poco más a la altura y ayudó a evitar una goleada peor, sin dejar de jugar su peor partido en Boca.
A Fabra, el colombiano capaz de ser considerado el mejor delantero, ayer le salió en su lotería interna ser un desastre. No hay ningún indicio de para donde va a disparar su realidad, simplemente sucede. Lo vimos todos perder una pelota increíble antes de los 30 segundos. Y también lo vimos cometer una atrocidad llena de impotencia que sepultó las pocas chances que quedaban con más de media hora por delante. Quedará en quienes armen el equipo que viene si es conveniente que en el futuro sigan apareciendo en la formación titular los dos laterales que vienen perdiendo series desde 2016: Jara y Fabra fueron los titulares contra Independiente Del Valle y repitieron ayer, cuatro años y medió después.
De Campuzano se ignora su real condición física de ayer con lo cual no vamos a analizar a fondo el pésimo partido que jugó. Sí se puede decir que Salvio decepcionó, confirmando todo eso que hace semanas muchos ven y critican. Un jugador del montón que no desequilibra y que se equivoca en decisiones fáciles perdiendo pelotas que generan peligro a favor del rival. Un jugador tan buscado por sus compañeros que su mal rendimiento directamente resta.
Ahí termina -para mí- la jerarquía de los titulares. El resto juega en Boca como podría estar haciéndolo en cualquier otro equipo del país. Y el dato no es menor porque esto atañe al armado del plantel en un año muy particular que, en lo económico, no permitió pensar en opciones acordes a la institución ya sea por la situación de las arcas del club como por la expectativa salarial de jugadores que cobran en monedas que para Argentina hoy son inalcanzables.
A la vuelta de la esquina Boca tiene ahora una final, la menos deseada. Pero llega con la carga y la obligación de ganarla. Es una oportunidad ideal para que jueguen realmente quienes mejor están y que no tuvieron chance en la “vida real”. El día después, será trabajo de Román y su equipo analizar cómo sigue todo: estrellas, jugadores y cuerpo técnico deberán buscar la forma de armar algo mejor que la historia 2020 que, con todas las turbulencias posibles, mantuvo a Boca competitivo hasta último momento. Mejor dicho, hasta el minuto 0 de la semifinal de vuelta: cuando todavía Miguel no se había sentado a mostrarnos su resignación final.

Gonzalo Suli

Periodista. En Twitter @gonsul.

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